miércoles, 17 de noviembre de 2010

Billete para Ferrol

Este relato ha sido escrito a dos manos por una persona que comenta en el blog como Anónimo y por mí.


Billete para Ferrol
S. L. y Anónimo, 2010



–No recuerdo haber estado nunca en ese sitio. Y mucho menos el cuatro de octubre.
Almudena sacó de su bolso un billete de autobús bastante arrugado y lo dejó encima de la mesa. Frente a ella, Martín, no entendía nada.
–El otro día… bueno, hace unas semanas, me puse a sacar todo lo que llevaba en los bolsillos de la chaqueta de entretiempo. La había estado llevando días atrás y la quería echar a lavar. Bueno, pues, entre un cupón de la ONCE, un post-it doblado con un teléfono, un metrobús gastado y un recibo de la compra de Carrefour, apareció este billete de autobús de Avanza Bus a La Puebla de Montalbán, Toledo, con fecha del cuatro de octubre. Ida y vuelta. 6,97 euros. Me puse a recordar qué había hecho el cuatro de octubre, es decir, el lunes anterior. Nada en especial. Había ido a trabajar y me había tomado una cerveza con unos compañeros a la salida. Después… no lo tenía muy claro entonces ni tampoco lo tengo ahora, pero creo que vi una película en casa. Vi Brazil de Terry Gilliam aquella semana, pero no recuerdo si fue el lunes, el martes o el miércoles… En fin, entonces no le di mucha importancia. Entonces.
Martín no sabía que pensar. Lo que relataba Almudena parecía la anécdota más intrascendente del mundo. Sin embargo, el tono de voz con el que ella lo estaba contando… y su mirada sombría clavada en el billete de autobús, miserable y arrugado, que había dejado encima de la mesa…
–Ese billete podría haber salido de cualquier parte.
–Eso es. En aquel momento, mi única preocupación, si se puede llamar así fue saber cómo había llegado al bolsillo de mi chaqueta un billete de autobús usado y que no era mío. Pensé, medio en broma: a ver si me está entrando síndrome de Diógenes y me ha dado por coger cosas de la basura. Un síndrome de Diógenes chiquitito, claro, circunscrito, únicamente, a… al ámbito de mi chaqueta de entretiempo. Bueno. No me preocupé mucho, en definitiva, porque era la primera vez que me pasaba.
–¿La primera vez…?
–La segunda vez fue aproximadamente una semana después. –Almudena sacó un segundo billete de autobús, tan arrugado como el primero, y lo puso sobre la mesa con un movimiento nervioso. –Estaba cambiando mis cosas de un bolso a otro y de entre el caos apareció esto. Otro billete de autobús. A El Burgo de Osma, en Soria. Otro lugar en el que no he estado en mi vida. O no recuerdo haber estado.
–Una casualidad…
–Una casualidad, eso pensé entonces. Una casualidad… Este billete tiene fecha del 9 de octubre, domingo. ¿Recuerdas que hicimos el 9 de octubre? ¿Nos vimos?
–¿Qué si nos vimos? No sé, no lo recuerdo.
–¿No tienes una agenda, un diario, una moleskine o algo así?
–No. ¿Tienes tú?
–Pues tampoco. Bueno, tengo la agenda del trabajo. Pero apunto sólo cosas relacionadas con el trabajo.
–Claro.
–Bueno. De nuevo, no le di mucha importancia a aquello. Mi día a día como parte de la maquinaria represora de Orange, velando por el estricto cumplimiento de las normas orwellianas de sus contratos de telefonía móvil e Internet, no me deja mucho tiempo para pensar en mis cosas. ¡Cómo odio ese trabajo! Bueno, no le di muchas vueltas hasta que, una semana después volví a cambiar de bolso y apareció esto. –Almudena dejó un tercer billete sobre la mesa. Un cerco redondo de cerveza se dibujó en su superficie rugosa.
–16 de octubre. Mendavia. No lo había oído en mi vida. Tuve que buscarlo en el mapa. Está en Navarra. Y aún no lo has visto todo…

En ese momento sonó el teléfono. Cuando Martín se estaba levantando para ir a cogerlo, Almudena sacó un sobre y lo dejó encima de la mesa. El teléfono seguía sonando.
–Ábrelo.
Era un sobre blanco, arrugado, no tenía nada escrito.
–¿De dónde lo has sacado?- preguntó él.
–Estaba en el portal, tirado en el suelo.
El teléfono se cansó de sonar.
–Pero no pone ningún nombre. ¿Cómo sabes que es para ti?
–Mira dentro.
Martín sacó el dinero con cuidado, como si se fuera a romper. Eran billetes de 20 y 50 euros. Calculó que en total habría unos 600. Martín dejó el dinero encima de la mesa y rebuscó dentro del sobre. Había un billete de autobús a Ferrol.
–Es para mañana. –dijo Almudena- Ida y vuelta, el mismo día. ¿Tú entiendes algo?
Martín se quedó con el billete en la mano, pensando. O eso quería que pareciera. Porque en realidad no sabía qué pensar. Almudena estaba nerviosa. De pie, con los brazos en jarras, esperando una respuesta, como si él fuera el único hombre en todo el planeta que pudiera darle una explicación.
Tampoco conocía tan bien a Almudena, pensó. Siempre le había parecido que era un poco inestable. A lo mejor se estaba inventando una historia para llamar la atención. Una broma o cualquier cosa. La verdad es que no entendía nada y tampoco tenía ni idea de qué decir.
Almudena se sentó enfrente, con las piernas cruzadas. Se deshizo la coleta con un gesto rápido, como si le estuviera molestando desde hace rato. Empezó a juguetear con la goma entre las manos, estirando y encogiendo, estirando y encogiendo. Martín empezaba a ponerse nervioso. Con el pelo suelto, rizado, desordenado… le pareció aún más desequilibrada.
–¿Y qué vas a hacer?
–¿Cómo que qué voy a hacer? –repitió ella.
–¿Vas…? Bueno, no sé, es un billete para mañana ¿vas a ir?
–¿Y qué hago yo en Ferrol? Yo no conozco a nadie en Ferrol.
–Pero este dinero… A lo mejor es un reclamo.
–Un reclamo.
–Sí.
–¿Un reclamo de qué? ¿Para qué?
–No sé. –Martín se quedó pensando- Igual alguien quiere que vayas.
Almudena se quedó callada. Al día siguiente era sábado. No tenía que trabajar. El billete era para una persona. Salida a las nueve y media de la mañana y vuelta a las seis en punto de la tarde. Calculando que a Ferrol se tardaban por lo menos seis horas, tenía un par de horas para estar allí. Si alguien la esperaba, estaría en la estación. Y si quería volver antes a Madrid, sólo tenía que esperar a que saliera el siguiente autobús. Era una locura. Pero por otra parte, no tenía gran cosa que hacer. En casa sólo le esperaba una lavadora con ropa mojada del día anterior y un fregadero a rebosar de platos sucios.
–¿Y si me acompañas tú? -le preguntó ella.
El teléfono volvió a sonar.

Martín agradeció mentalmente a la persona que insistía al otro lado de la línea, fuera quien fuera, la ocasión de esquivar la pregunta. ¿No coges el teléfono?
–No.
–¿No?
–No. Cógelo tú.
–Pero… ¿Qué pasa? Es tu casa. Te llaman a ti.
–¡Coge el puto teléfono, joder! –En ese momento Almudena se dio cuenta de que empezaba a dejarse llevar por la histeria. Respiró hondo e intentó retomar las riendas- Por favor.
–Está bien –Martín se aproximó, separó el terminal inalámbrico de su base y apretó el botón verde de descolgar mirando a Almudena con cara de fastidio-. Diga.
Almudena volvió a sentarse en el sofá, al lado de Martín. Apoyó la cabeza en su hombro.
–Sí. Si está. ¿De parte de quién? –Dijo él en tono seco. Al momento giró la cabeza hacia Almudena y repitió:
–Lucía.
–¿Lucía? No recuerdo conocer a ninguna Lucía –susurró ella mientras él le tendía el teléfono-. ¿Sí?
Silencio. Tras unos segundos, Almudena separó el teléfono de su oído y se lo observó por un instante con expresión crispada. Volvió a respirar hondo antes de hablar.
–Ha colgado. He escuchado el ruido de la calle y el ‘tic-tic’ que hacen las cabinas telefónicas y luego ha colgado.
–¿Puedes ver el número?
–Sí. Es lo que estaba mirando. 981 84 20 10
–981. ¿Tú sabes de dónde es ese prefijo?
–Pues sí. Por desgracia, me sé todos los prefijos telefónicos de España. Es… ¿No lo adivinas?
–No.
–Es de la provincia de La Coruña –Almudena había vuelto a juguetear con la goma del pelo-. Y me juego algo a que es de Ferrol.
–Ya te han llamado antes… ¿no? Como ahora, quiero decir: preguntar por ti y luego colgar.
–Pues no, listillo. No.
–¿Y no conoces a nadie en la provincia de La Coruña que pueda querer ponerse en contacto contigo?
–Ya te he dicho que no. ¿Tú me escuchas?
–Sí, sí te escucho. Habías dicho que no conocías a nadie en Ferrol, no que no conocieras a nadie en toda la provincia de La Coruña.
–El teléfono es de Ferrol
–Ferrol. Vale.
–Y el billete de autobús es a Ferrol.
–Ferrol.
–Y bien…
–Y bien… ¿qué?
–¿Me acompañas mañana allí?
Martín no tenía ninguna gana de ir a Ferrol. Toda la historia le parecía absurda. Un día entero metido en el autobús… había quedado con los chicos para jugar al fútbol… Por otro lado, había sido él el que, de alguna manera, había animado a Almudena a ir allá y resolver el misterio. En el caso de que hubiera tal misterio y ella no se estuviera inventando todo. Aunque, aquella llamada... Ahora se sentía responsable. Sabía perfectamente que si decía que no, ella se enfadaría y, además, iría de todos modos. ¿Y si le pasaba algo? En ese momento, le daba más miedo lo que ella pudiera hacerse a si misma que la intervención de terceras personas. Fuera lo que fuera aquella historia, estaba claro que Almudena le pedía ayuda y ahora no podía negársela. Compuso una respuesta que sonaba resignada y que no terminaba de tapar lo que en realidad estaba pensando, que casi se podía leer, como un subtítulo, bajo sus palabras: “ojalá me hubiera quedado callado”.
–Pues claro, cielo. Claro que te acompaño.

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Almudena tenía todavía las manos manchadas de sangre cuando sonó el teléfono móvil. Llevaba sonando más de media hora, pero ella ni lo había oído. Se quedó un rato aturdida, mirando al suelo. Después, apretó el botón verde del teléfono sin decir nada.
–¿Almu? –Martín sólo oía silencio al otro lado de la línea- Almudena, ¿me escuchas? Oye, te he llamado por lo menos veinte veces. ¿Dónde estás?
Almudena miró a su alrededor.
–En Ferrol –consiguió recordar- No viniste a la estación.
–Ya, lo siento, mira, me llamaron del Hospital y tuve que salir de noche para una urgencia... Luego, me quedé dormido, de verdad que lo siento. Pero te llamé para avisarte, te mandé un mensaje, ¿no leíste mi…? Bueno, da igual. ¿Tú cómo estás? ¿Qué ha pasado?
Ella apartó el teléfono sin decir nada y se quedó mirándolo. En la pantalla se leía “Martín. Llamada en curso”. Las dos últimas palabras apenas se podían ver. La pantalla se había manchado con un poco de sangre y emborronaba las letras. Martín seguía hablando, la voz le llegaba pequeñita, de lejos. Volvió a acercarse el teléfono.
–…los del gimnasio y entonces les dije que no estabas en casa pero que te llamasen al móvil. -Almudena escuchaba a Martín en silencio- ¿Entiendes? La chaqueta no era tuya, era exactamente igual, pero no era la tuya. Te la llevaste por error todos esos días. O alguien cogía la tuya del vestuario sin darse cuenta. Por eso los billetes de autobús… no eran tuyos, eran de esa chica de la chaqueta, cómo me ha dicho que se llamaba… Marta o María… ¿No has hablado con ella? Le dí tu teléfono.
–No… no sé, no he visto las llamadas hasta ahora. Pero no entiendo… ¿Y el sobre
–¿Qué sobre?
–El del dinero… con el billete para venir aquí.
–No era para ti. Esta mañana, como no contestabas al teléfono, fui a buscarte a casa. En el portal había un vecino tuyo, Manuel no se qué. Estaba pegando un cartel….
–El del segundo.
–¿Cómo?
–Tengo un vecino, en el piso de abajo, que se llama Manolo.
-Pues sí, no sé, sería el del segundo, no sé… El caso es que estaba pegando un cartel. Ponía que por favor, si alguien encontraba un sobre en el portal, se lo devolviera porque había algo muy importante dentro. Se lo había mandado su hermano, me dijo. Que vive en Ferrol.
Almudena se quedó callada. Martín seguía hablando. Le estaba contando algo sobre la llamada de la noche anterior, pero ella ya no le escuchaba. Almudena estaba otra vez en el autobús, intentando reconstruir todo.
Había llegado puntual a la estación por la mañana, pero Martín no estaba. Tampoco le preocupaba. Prefería ir sola. Tenía la sensación de que estaba metiéndose en algún lío y no quería complicar a nadie. Subió al autobús y se sentó en la última fila. Tenía asignada la plaza número 23, pero el autobús iba casi vacío y a ella siempre le gustaba ir sentada al fondo.
Fue durante el viaje cuando se le ocurrió pensar que la persona que le había mandado el sobre no la esperaba en Ferrol, sino que estaba allí dentro, en el mismo autobús. Miró a su alrededor y empezó a descartar posibilidades. Habría sólo unos doce pasajeros. Una señora roncando suavecito en la primera fila, una pareja joven hablando y riéndose todo el rato… Ninguno le sonaba de nada. Aunque desde el fondo sólo veía sus nucas, se había fijado bien uno a uno cuando había subido al autobús y nadie le resultó familiar.
Sólo un chico le había llamado un poco la atención. No sabía por qué, pero le recordaba un poco a alguien. Tenía el pelo muy corto y era muy blanco de piel. No tenía pinta de estar enfermo, simplemente parecía que no le había dado el sol en años. Era pelirrojo, pero no tenía pecas en la cara. Al principio le llamó la atención porque viajaba solo y sin embargo, iba sentado en el asiento del pasillo. Le pareció raro. Todo el mundo prefiere ventanilla. Pero nada más.
Después, cuando ya llevaban casi una hora de viaje, el chico se giró. Primero fue una mirada rápida. La segunda vez fue más descarado. Estaba mirándola a ella, claramente. No había nadie más sentado tan atrás. Durante todo el viaje el chico se giró para mirarla varias veces. Pero no decía nada. Ni siquiera cambiaba la expresión de su cara. Pero el blanquito ese no dejaba de mirarla.
Almudena empezaba a ponerse nerviosa. Se revolvía en su asiento e intentaba disimular, como si no se estuviera dando cuenta de nada. Entonces se le ocurrió pensar en lo de los asientos. El chico estaba sentado en el número 22. En el pasillo. Se le hizo un nudo en la garganta. En el billete que ella tenía en la mano ponía 23, ventanilla. Estaba claro. Ése era el que la esperaba, el que le había dejado el sobre con dinero en el portal, el que la había hecho coger un autobús a Ferrol un sábado por la mañana y le había comprado un billete a su lado. Empezó a preguntarse qué podría querer de ella. Quién era ese chico. De qué le sonaba su cara.
El conductor anunció una parada de veinte minutos. Almudena esperó a que todos bajaran. Cogió el abrigo y salió del autobús. El chico blanquito había entrado al bar del área de descanso. Hacía frío, pero Almudena prefería quedarse fuera, esperando. Pasaron más de veinte minutos y el conductor no volvía. Ella tenía ganas de ir al baño y al final decidió entrar. El blanquito estaba apoyado en la barra tomando un café. Ella pasó por detrás, en dirección a los servicios. Él dejó su café sobre la barra y la siguió.
Almudena se encerró en el baño, nerviosa. Sabía que él la estaba esperando fuera. Su mente empezaba a ir cada vez más rápido, imaginando quién era ese tío y por qué la estaba siguiendo. Tenía miedo. No quería salir del baño, pero le preocupaba que el conductor se marchase dejándola allí sola con aquel loco. Cuando se atrevió a salir, no había nadie en la puerta. El bar estaba vacío. Ni siquiera estaba el camarero detrás de la barra. Se habían ido todos. Almudena salió a la calle. El autobús se había marchado. De repente le vio. Estaba un poco más allá, sentado de espaldas en un pequeño descampado. No había casas ni bares ni nadie más por la calle. Ella le llamó.
–¡Eh, tú!
Él siguió sentado en el suelo sin mirarla.
–Oye, ¡qué quieres de mí, eh! ¿Por qué me has hecho venir aquí? ¿Te crees que no me he dado cuenta?
Estaba segura de que la podía oír, no había ni un ruido, sólo un poco de viento, y estarían a menos de 10 metros . Pero él no la respondía. Le entró pánico. Estaba sola con ese tío en medio de la nada. La había traído hasta allí quién sabe para qué. Ya no podía pensar con claridad. Siguió llamándole, gritando, mientras caminaba rápido hacia él. El chico seguía sentado de espaldas, sin decir nada.
Cuando ella estaba justo detrás, el chico se levantó de golpe. Antes de que tuviera tiempo de darse la vuelta, Almudena cogió una piedra del suelo y le dio en la cabeza.
El chico estaba tumbado en el suelo. No se movía. Sangraba mucho. En ese momento fue cuando Almudena oyó el teléfono.
No habría pasado más de media hora, pero al recordarlo todo le parecía que el sobre, los billetes, el viaje, el chico pálido del autobús, la piedra, la llamada. Todo parecía haber pasado hace muchos años atrás.
La voz de Martín se seguía oyendo a través del teléfono, cada vez más lejos. Almudena se agachó y le dio unos golpecitos en el hombro. Estaba muerto. Con mucho esfuerzo, le dio la vuelta para dejarle bocarriba. Seguía igual de pálido que en el autobús, con la misma inexpresividad en la cara. De los bolsillos de su pantalón sobresalían un montón de mecheros bic, de distintos colores. Almudena le vació los bolsillos, extrañada. Había por lo menos diez mecheros. Había también varios papelitos. Rectangulares, pequeños, arrugados.  Almudena cogió uno. Empezó a leerlo despacio, en voz alta, pero cuando iba por la mitad se quedó callada. Aunque siguiera vivo y lo hubiese leído a gritos, aquel chico blanquito nunca podría haberla oído.

3 comentarios:

Orologiaio dijo...

Grande, muy grande.

Un placer leerte, as usual ;)

Serge L. Gilmore dijo...

...pero la mayor parte del mérito no es mío esta vez.

Gracias!! Me alegro de que te haya gustado.

Anónimo dijo...

Muy bueno chicos, me ha enganchado. De Nueva Zelanda espero al menos una novela ;)

Elisa.