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lunes, 10 de mayo de 2010

Trabajo (2)

Me pagan por levantarme pronto e ir a un sitio a hacer cosas.
Digan lo que digan, mi trabajo está bien,
sobre todo si tenemos en cuenta que hay trabajos que son peores que el mío.
Podría ser:
- Un madero adscrito a la brigada de Protección del Turismo de Madrid que se lía a tiros con los turistas en plena Puerta del Sol.
- Un político de la Comunidad de Madrid que se dedica a poner grandes sumas de dinero público en manos de empresas privadas valiéndose de concursos públicos amañados y recibiendo comisión por ello.
- Un economista pagado por un organismo internacional que fue supuestamente creado para dar fondos monetarios a los países en apuros, pero que en realidad trabaja para chantajear a los países en apuros para conseguir que el dinero de esa ayuda vaya a parar a manos de los muy ricos (a sus propias manos) en vez de repartirse entre quienes lo necesitan.
- Un inversor que chantajea a los gobiernos de los países con batacazos en sus mercados de valores si los países no benefician con sus políticas a los muy ricos (a él mismo) en detrimento de los que realmente las necesitan.
- Un asesino y torturador de toros o de cualquier otro animal indefenso.
etcétera.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Trabajos absurdos (2): promoción y ventas

Más que absurdo, este trabajo fue humillante… para mí, para los clientes y… creo que hasta para el empresario.

A día de hoy es probable que todavía haya gente que me quiera partir la cara por venderles, entre diciembre de 2004 y enero de 2005, un pseudo-manos-libres “sin instalación” que funcionaba con la radio del coche.

A finales de noviembre había hecho una entrevista de trabajo en una empresa de promoción y ventas para trabajar mientras duraban mis vacaciones. Me cogieron, me dijeron que tenía que hacerme con un traje y una corbata y peinarme bien y me pusieron a vender estos chismes en la tienda de Amena del Centro Comercial Xanadú.

Como en cualquier trabajo de este tipo se iba a comisión y había que vender lo más posible. Consistía en ponerte delante un tipo o una tipa cargada de bolsas de compras, e interrumpir por breves instantes el programa de consumo desmesurado que se había planteado al entrar en el Xanadú, para convencerle o convencerla de que NECESITABA lo que tú le estabas vendiendo y que TENÍA que incorporarlo a sus compras del día.

Lo sorprendente fue que la gente lo compraba a saco, lo cual me hizo reflexionar sobre la condición humana y de cómo se ve ésta afectada por los festejos navideños, amén de pensar en unos jugosos ingresos por las comisiones. Al final no fue así. Mi avaricia fue castigada y gané una miseria… pero no adelantemos acontecimientos.

Utilizando el ardid de la inminente introducción del carné por puntos, la gente se convencía enseguida de la necesidad de un manos-libres para no ser multados por conducir y hablar por el móvil a la vez. Y los que vendíamos eran “los más baratos” -50 euros si no recuerdo mal-, amén de “compatibles” con todos los móviles.

Y tan compatibles. Consistían en una cutre-pinza con un cutre-micrófono -que se enganchaba al auricular del móvil- y en una “cuna” -donde descansaba éste-. La cuna que se prendía en las rejillas del salpicadero y la pinza se conectaba al mechero y tenía una pequeña emisora. En la radio del coche había que sintonizar una frecuencia que decían las instrucciones y configurar el móvil para respuesta automática.

Cuando te llamaban había que poner la radio en la emisora -que se tenía que haber memorizado previamente- y se escuchaba la llamada a través de los altavoces. Se escuchaba más o menos bien, el problema es que a ti tu interlocutor te escuchaba poco o, directamente, nada. Eso contando con que no se realimentara el sonido y sonasen chirridos.

Al día siguiente ya empezó a venir alguna que otra persona relatando esos problemas y diciendo que le devolviéramos el dinero.

Pero lo mejor vino a partir del 7 en enero -cuando yo ya no trabajaba allí, pero aún no había cobrado (lo pagaban todo el 15 de enero, si mal no recuerdo)-, más de la mitad de los compradores devolvieron aquella mierda. Todo lo devuelto se contaba como no vendido y, claro, cobré solo la mitad de las comisiones que creía que iba a cobrar. Es decir: una chusta.

Iba a escribir una moraleja para acabar esta historia; pero pónganla ustedes, señores lectores, que para eso están los ‘comentarios’. ¿Quién es más cutre y miserable de esta historia? ¿La empresa de promoción y ventas que intentaba enriquecerse timando a los compradores? ¿Yo, que acepté un trabajo basura pagado a comisión? ¿la gente, que, cegada por el consumismo, compra cualquier mierda si el envoltorio es bonito? Díganlo ustedes.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Tabajos absurdos (1): AFORADOR

* Lo que viene a continuación es literatura una paja mental. Podría ser verdad o ficción o las dos cosas. O ser las historia de un tercero contada en primera persona.

Uno de los trabajos más raros que hice nunca fue el de aforador de autobuses nocturnos. No es el más absurdo, pero es en el que peor me gané mi sueldo. Un aforador es un tipo que cuenta el número de personas que se suben y se bajan de un autobús o de un tren de metro o cercanías. El Consorcio Regional de Transporte realiza anualmente un estudio de la utilización de las diversas líneas de transporte público y para el trabajo de campo se sirve de jóvenes (estudiantes, en la mayoría de los casos), dotados de un chaleco reflectante y una especie de calculadora que cuantifican el trasiego de viajeros.

Ayer bajándome del autobús en Príncipe Pío los vi. La campaña de aforación tiene lugar en estas fechas por algún motivo. Espero que ahora se haga mejor que entonces. Supongo que sí; más que nada por el chaleco y la calculadora.

Yo curré en esto en octubre o noviembre de 2002. Una compañera de la facultad, R., nos propuso a varios trabajar contando la gente que usaba los autobuses nocturnos que salen de la Plaza de Cibeles. Pagaban dos o tres mil pesetas por estar unas tres horas y yo me apunté.

R. estaba a cargo del puñado de colegas universitarios que había reclutado. A su vez ella rendía cuentas a un tipo que estaba contratado por la empresa con la que el Consorcio había subcontratado el servicio de aforación. Es decir, yo era el último eslabón de una larga cadena y por supuesto nunca firmé nada parecido a un contrato.

Nos plantamos a las tres menos algo en Cibeles, nos echaron una charla y nos dieron papel y boli. A mi me pusieron a cargo del autobús N 17, que es el que va desde Cibeles a Villaverde Alto pasando por la zona de la carretera de Vallecas. Un autobús que no cogía casi nadie. Lo sé porque la primera vez hice mi trabajo correctamente y no me dormí. Había que montarse en el autobús y apuntar cuántas personas se subían y se bajaban en cada parada.

Hay que tener en cuenta que el López de 2003 no era la persona responsable, amante del dato objetivo y preciso, (y digna de tener en cuenta en un proceso de selección laboral por parte de cualquier directivo de un medio de comunicación que eventualmente leyese este blog) que soy ahora. En el segundo viaje no pude evitar dormirme durante el trayecto de ida y el de vuelta. Luego rellené la hojita teniendo en cuenta que los números totales de personas que habían subido y que habían bajado coincidiesen.

El resto de las veces (que fueron seis, dos viajes durante tres días repartidos en dos fines de semana) no hice lo suficiente por evitar caer en las garras de Morfeo según mi culo se posaba en el duro asiento de los buses de la EMT. Supongo que es porque yo aquellas noches salía de juerga con mis amigos como habitualmente y llegaba al búho algo piripi.

Me despertaba al final del trayecto y rellenaba el papelito con lo que me parecía. Era un papelito miserable. No era un formulario en condiciones con un membrete oficial, sino una jodida hoja fotocopiada con una tabla de Word. Hecho esto, esperaba que un tipo, cuyo nombre no recuerdo, me diera la pasta.

Luego alguien incluía esos datos en un estudio. Al segundo fin de semana me dio cargo de conciencia y me quité de aquello.

* TRABAJOS ABSURDOS se publicará todos los fines de semana en este blog y pretende ofrecer una visión personal y de interés cuestionable acerca de aquellos tiempos -ya pasados- en los que en este país se podía ganar dinero con cualquier gilipollez si uno le echaba algo de cara.