miércoles, 3 de noviembre de 2010

No recuerdo haber estado nunca en ese sitio

–No recuerdo haber estado nunca en ese sitio. Y mucho menos el cuatro de octubre. –Almudena sacó de su bolso un billete de autobús bastante arrugado y lo dejó encima de la mesa. Frente a ella, Martín, no entendía nada.
–El otro día… bueno, hace unas semanas, me puse a sacar todo lo que llevaba en los bolsillos de la chaqueta de entretiempo. La había estado llevando días atrás y la quería echar a lavar. Bueno, pues, entre un cupón de la ONCE, un post–it doblado con un teléfono, un metrobús gastado y un recibo de la compra de Carrefour, apareció este billete de autobús de Avanza Bus a La Puebla de Montalbán, Toledo, con fecha del cuatro de octubre. Ida y vuelta. 6,97 euros. Me puse a recordar qué había hecho el cuatro de octubre, es decir, el lunes anterior. Nada en especial. Había ido a trabajar y me había tomado una cerveza con unos compañeros a la salida. Después… no lo tenía muy claro entonces ni tampoco lo tengo ahora, pero creo que vi una película en casa. Vi Brazil de Terry Gilliam aquella semana, pero no recuerdo si fue el lunes, el martes o el miércoles… En fin, entonces no le di mucha importancia. Entonces.
Martín no sabía que pensar. Lo que relataba Almudena parecía la anécdota más intrascendente del mundo. Sin embargo, el tono de voz con el que ella lo estaba contando… y su mirada sombría clavada en el billete de autobús, miserable y arrugado, que había dejado encima de la mesa…
–Ese billete podría haber salido de cualquier parte.
–Eso es. En aquel momento, mi única preocupación, si se puede llamar así fue saber cómo había llegado al bolsillo de mi chaqueta un billete de autobús usado y que no era mío. Pensé, medio en broma: a ver si me está entrando síndrome de Diógenes y me ha dado por coger cosas de la basura. Un síndrome de Diógenes chiquitito, claro, circunscrito, únicamente, a… al ámbito de mi chaqueta de entretiempo. Bueno. No me preocupé mucho, en definitiva, porque era la primera vez que me pasaba.
–¿La primera vez…?
–La segunda vez fue aproximadamente una semana después. –Almudena sacó un segundo billete de autobús, tan arrugado como el primero, y lo puso sobre la mesa con un movimiento nervioso. –Estaba cambiando mis cosas de un bolso a otro y de entre el caos apareció esto. Otro billete de autobús. A El Burgo de Osma, en Soria. Otro lugar en el que no he estado en mi vida. O no recuerdo haber estado.
–Una casualidad…
–Una casualidad, eso pensé entonces. Una casualidad… Este billete tiene fecha del 9 de octubre, domingo. ¿Recuerdas que hicimos el 9 de octubre? ¿Nos vimos?
–¿Qué si nos vimos? No sé, no lo recuerdo.
–¿No tienes una agenda, un diario, una moleskine o algo así?
–No. ¿Tienes tú?
–Pues tampoco. Bueno, tengo la agenda del trabajo. Pero apunto sólo cosas relacionadas con el trabajo.
–Claro.
–Bueno. De nuevo, no le di mucha importancia a aquello. Mi día a día como parte de la maquinaria represora de Orange, velando por el estricto cumplimiento de las normas orwellianas de sus contratos de telefonía móvil e Internet, no me deja mucho tiempo para pensar en mis cosas. ¡Cómo odio ese trabajo! Bueno, no le di muchas vueltas hasta que, una semana después volví a cambiar de bolso y apareció esto. –Almudena dejó un tercer billete sobre la mesa. Un cerco redondo de cerveza se dibujó en su superficie rugosa.
–16 de octubre. Mendavia. No lo había oído en mi vida. Tuve que buscarlo en el mapa. Está en Navarra. Y aún no lo has visto todo…

6 comentarios:

Orologiaio dijo...

Ayyy cómo sigue, que me dejas en ascuas...

Anónimo dijo...

Si quieres que la conversación se interrumpa en ese momento porque alguien llama al teléfono, manda RELATO LLAMADA al número que ya sabes.

Si prefieres que Almudena saque del bolso un sobre, manda RELATO SOBRE.

Una de las dos ya está escrita. Adivina.

Anónimo dijo...

En ese momento sonó el teléfono. Cuando Martín se estaba levantando para ir a cogerlo, Almudena sacó un sobre y lo dejó encima de la mesa. El teléfono seguía sonando.
-Ábrelo.
Era un sobre blanco, arrugado, no tenía nada escrito.
-¿De dónde lo has sacado?- preguntó él.
-Estaba en el portal, tirado en el suelo.
El teléfono se cansó de sonar.
-Pero no pone ningún nombre. ¿Cómo sabes que es para ti?
-Mira dentro.
Martín sacó el dinero con cuidado, como si se fuera a romper. Eran billetes de 20 y 50 euros. Calculó que en total habría unos 600. Martín dejó el dinero encima de la mesa y rebuscó dentro del sobre. Había un billete de autobús a Ferrol.
-Es para mañana. –dijo Almudena- Ida y vuelta, el mismo día. ¿Tú entiendes algo?

Martín se quedó con el billete en la mano, pensando. O eso quería que pareciera. Porque en realidad no sabía qué pensar. Almudena estaba nerviosa. De pie, con los brazos en jarras, esperando una respuesta, como si él fuera el único hombre en todo el planeta que pudiera darle una explicación.

Tampoco conocía tan bien a Almudena, pensó. Siempre le había parecido que era un poco inestable. A lo mejor se estaba inventando una historia para llamar la atención. Una broma o cualquier cosa. La verdad es que no entendía nada y tampoco tenía ni idea de qué decir.

Almudena se sentó enfrente, con las piernas cruzadas. Se deshizo la coleta con un gesto rápido, como si le estuviera molestando desde hace rato. Empezó a juguetear con la goma entre las manos, estirando y encogiendo, estirando y encogiendo. Martín empezaba a ponerse nervioso. Con el pelo suelto, rizado, desordenado… le pareció aún más desequilibrada.
-¿Y qué vas a hacer?
-¿Cómo que qué voy a hacer? –repitió ella.
-¿Vas…? Bueno, no sé, es un billete para mañana ¿vas a ir?
-¿Y qué hago yo en Ferrol? Yo no conozco a nadie en Ferrol.
-Pero este dinero… A lo mejor es un reclamo.
-Un reclamo.
-Sí.
-¿Un reclamo de qué? ¿Para qué?
-No sé. –Martín se quedó pensando- Igual alguien quiere que vayas.

Almudena se quedó callada. Al día siguiente era sábado. No tenía que trabajar. El billete era para una persona. Salida a las nueve y media de la mañana y vuelta a las seis en punto de la tarde. Calculando que a Ferrol se tardaban por lo menos seis horas, tenía un par de horas para estar allí. Si alguien la esperaba, estaría en la estación. Y si quería volver antes a Madrid, sólo tenía que esperar a que saliera el siguiente autobús. Era una locura. Pero por otra parte, no tenía gran cosa que hacer. En casa sólo le esperaba una lavadora con ropa mojada del día anterior y un fregadero a rebosar de platos sucios.
-¿Y si me acompañas tú? -le preguntó ella.
El teléfono volvió a sonar.

HUK dijo...

Grande!!

HUK dijo...

Grande!!

Serge L. Gilmore dijo...

Martín agradeció mentalmente a la persona que insistía al otro lado de la línea, fuera quien fuera, la ocasión de esquivar la pregunta.
-¿No coges el teléfono?
-No.
-¿No?
-No. Cógelo tú.
-Pero… ¿Qué pasa? Es tu casa. Te llaman a ti.
-¡Coge el puto teléfono, joder! –En ese momento Almudena se dio cuenta de que empezaba a dejarse llevar por la histeria. Respiró hondo e intentó retomar las riendas- Por favor.
-Está bien –Martín se aproximó, separó el terminal inalámbrico de su base y apretó el botón verde de descolgar mirando a Almudena con cara de fastidio-. Diga.
Almudena volvió a sentarse en el sofá, al lado de Martín. Apoyó la cabeza en su hombro.
-Sí. Si está. ¿De parte de quién? –Dijo él en tono seco. Al momento giró la cabeza hacia Almudena y repitió:
-Lucía.
-¿Lucía? No recuerdo conocer a ninguna Lucía –susurró ella mientras él le tendía el teléfono-. ¿Sí?
Silencio. Tras unos segundos Almudena separó el teléfono de su oído y se lo observó por un instante con expresión crispada. Volvió a respirar hondo antes de hablar.
-Ha colgado. He escuchado el ruido de la calle y el ‘tic-tic’ que hacen las cabinas telefónicas y luego ha colgado.
-¿Puedes ver el número?
-Sí. Es lo que estaba mirando. 981 84 20 10
-981. ¿Tú sabes de dónde es ese prefijo?
-Pues sí. Por desgracia, me sé todos los prefijos telefónicos de España. Es… ¿No lo adivinas?
-No.
-Es de la provincia de La Coruña –Almudena había vuelto a juguetear con la goma del pelo-. Y me juego algo a que es de Ferrol.
-Ya te han llamado antes… ¿no? Como ahora, quiero decir: preguntar por ti y luego colgar.
-Pues no, listillo. No.
-¿Y no conoces a nadie en la provincia de La Coruña que pueda querer ponerse en contacto contigo?
-Ya te he dicho que no. ¿Tú me escuchas?
-Sí, sí te escucho. Habías dicho que no conocías a nadie en Ferrol, no que no conocieras a nadie en toda la provincia de La Coruña.
-El teléfono es de Ferrol
-Ferrol. Vale.
-Y el billete de autobús es a Ferrol.
-Ferrol.
-Y bien…
-Y bien… ¿qué?
-¿Me acompañas mañana allí?

Martín no tenía ninguna gana de ir a Ferrol. Toda la historia le parecía absurda. Un día entero metido en el autobús… había quedado con los chicos para jugar al fútbol… Por otro lado, había sido él el que, de alguna manera, había animado a Almudena a ir allá y resolver el misterio. En el caso de que hubiera tal misterio y ella no se estuviera inventando todo. Aunque, aquella llamada... Ahora se sentía responsable. Sabía perfectamente que si decía que no, ella se enfadaría y, además, iría de todos modos. ¿Y si le pasaba algo? En ese momento, le daba más miedo lo que ella pudiera hacerse a si misma que la intervención de terceras personas. Fuera lo que fuera aquella historia, estaba claro que Almudena le pedía ayuda y ahora no podía negársela. Compuso una respuesta que sonaba resignada y que no terminaba de tapar lo que en realidad estaba pensando, que casi se podía leer, como un subtítulo, bajo sus palabras: “ojalá me hubiera quedado callado”.
-Pues claro, cielo. Claro que te acompaño.