Escucha aquí la tercera edición del podcast más escandaloso del momento!
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domingo, 28 de noviembre de 2010
domingo, 27 de junio de 2010
Los orgasmos simultáneos están sobrevalorados
Espero que este relato atraiga visitantes al blog. Lo digo por el título y eso...
Los orgasmos simultáneos están sobrevalorados
Sergio López. 2010
Él no estaba a la altura. No podía dejar de pensar que él no estaba a la altura. Ni del hotel, ni del restaurante del hotel, ni de la cena que servían en el restaurante del hotel.Y, por supuesto, no podía dejar de pensar que él no estaba a la altura de la mujer que le miraba con unos ojos inquisitorialmente grandes y azules desde el otro lado del estupendo carpacio de pez-espada marinado al aceite de lima y tomate, aún intacto sobre el plato. Desasosegado, se llevó un trozo de aquella cosa blancuzca y cruda a la boca.–Vaya. Esto está buenísimo –dijo genuinamente sorprendido–, el… éste, el…–Carpacio –respondió ella secamente, con su mirada inquisitorial y azul.–Eso, –completó él, azorado– el… carpacio.–¿Cuál dirías tú que es tu plato favorito? –ella forzó una sonrisa para acompañar el signo de cierre de interrogación.–Uf. No lo sé. ¡Qué difícil! Me gusta muchísimo el shushi. Esto me recuerda al sushi. Pero, si tuviera que decidirme por algo, creo que diría que la cosa que más me gusta del mundo son las croquetas. Sí. Las croquetas del día anterior. Frías.–Ja ja ja. Muy cierto. Una delicatessen. A mi me encantan también, aunque no tanto como la paella del día anterior.Esto había funcionado. Ella se había reído con la ocurrencia. Él había dicho algo espontáneo por primera vez en toda la noche y ella había bajado la guardia y se había reído.Antes de eso, él ya se había inventado un par de viajes que no había hecho y había asegurado haber visto varias películas que no había visto en realidad, pero todo eso a ella –que, aún contando como buenas las trolas de él, había viajado más y había visto muchas más películas- no le había impresionado en absoluto.Él, sin embargo, despreció su éxito con las croquetas frías y siguió fabulando acerca de un trabajo bastante más interesante del que tenía en realidad y bastante menos interesante, de todas formas, del que tenía ella. Ella era la dueña y gerente del hotel, del restaurante del hotel y del carpacio de pez-espada.El estado de inseguridad rayana en la histeria de él lo estaba registrando ella como algo distinto a lo que en realidad era. Lo que ella captaba era, sobre todo, la cobertura de estúpida petulancia con la que él tapaba su complejo de inferioridad. Esa cobertura era lo que a él le había salvado hasta ahora. Los hombres inseguros no son nada, nada, atractivos, pero los idiotas petulantes por lo menos pueden servir para echar un polvo.Por supuesto, ella también tenía miedos y dudas. Pero, desde luego, no eran los de él. Él siempre tenía miedo a no estar a la altura y ella justo lo contrario: sabía que era inteligente y sabía que era atractiva y estaba obsesionada por rodearse de estímulos (eso eran los demás, en cuanto a parte del mundo sensible, estímulos) que no disonaran con su propia excelencia.Durante toda su vida, todas las personas/estímulos que habían estado a su alrededor, empezando por su familia, le habían confirmado que ella era especial y que tenía unas cualidades excepcionales. Ella, ayudada del dinero y la seguridad en sí misma que le habían proporcionado esas personas/estímulos, supo siempre aprovecharlas.***¿Cómo habían llegado dos personas tan distintas, un inseguro patológico y una egomaniaca, a compartir mesa en el restaurante del hotel que gestionaba la última? La razón fue algo que había acontecido exactamente hacía una semana. Aquello se desarrolló en los siguientes términos:-Sí. Sigue. Sigue. Sigue. Sigue. Ah. Sigue. Sigue. Sigue. Sigueeeeeee –ella alargó la ‘e’ del último sigue en un grito que adoptó la calidad de tres de las otras cuatro vocales antes de extinguirse en un estertor entre ronco y nasal.-Mphhhhhhhhhhh (o algo semejante) –respondió él, mientras le estrujaba los glúteos y le daba empellones con sus caderas cada vez más fuertes.-Joder. ¡Vas a hacer que me corra! Sigue así. Ahgh.-Sí. Sí. Oh.-¡Qué buenooo! Sí. Sigue. Sigue.-Joder. Sí. Jodeeeer. Sí. Aaaaarghhh.-Me corro. Me corroooooooooooooo.-Yo tamb… aaaaaaaaaaaaaaaaaahién-Oye –dijo ella al cabo de un buen rato de mirar ambos al techo mientras calmaban, poco a poco, sus agitadas respiraciones–, esto que nos acaba de pasar no es nada fácil. A mí, por lo menos, no me ha pasado nunca la primera vez que me he acostado con un tío. Al primer polvo, nunca.-A mí tampoco. No. Es una cosa que me cuesta bastante al principio. Que creía que necesitaba más compenetración. No sé. Conocerse un poco más.-Qué bien, ¿no?-Er… sí –acertó a decir él instantes antes de que ella metiera la lengua en su boca y le rodeara con sus brazos, queriendo afirmar su posesión sobre ese hombre que le proporcionaba estímulos excelentes y simultáneos. Un hombre que la follaba como ella se merecía.Así fue como ella y él convinieron que no eran sólo dos adultos que habían consentido en pasar una velada de sexo casual a las poco más de dos horas de haberse conocido casualmente en la fiesta de un chiringuito de la playa, sino que eran dos adultos que tenían una conexión única y especial: dos adultos que tenían orgasmos simultáneos a la primera. A la primera, a la segunda y a la tercera.Él ahora recordaba ahora esa noche casi como un sueño. Aquella primera noche en una habitación de aquel mismo hotel había tenido ya la sensación de que no debería estar ahí. Que aquello era demasiado bueno para él. Que no se lo merecía. Quizá, por eso ahora le costaba recordar los detalles y aquello le venía a la cabeza como en un sueño.Sin saber muy bien por qué, él había dejado de observar como ella se comía su vichyssoise. Sentía una repentina melancolía y miraba por uno de los ventanales del restaurante, hacia el horizonte impreciso que separaba el negro del cielo nocturno del negro del mar. ¡Qué negro estaba el mar! No le apetecía seguir inventando historias. ¡Que se currase ella algo! Era una lástima que sus cuerpos se entendieran tan bien y sus cerebros tan mal.Sus cuerpos encajaban a la perfección. Eran sus mentes las que no estaban a la altura. Estaba claro que a ella no le atraería nunca un simple vendedor de inmobiliaria que, ante la amenaza del desempleo, había consentido en trasladarse desde su ciudad natal al Mediterráneo. Pero tampoco le atraía demasiado el técnico del ministerio de Medio Ambiente, Rural y Marino que él había inventado para ella (ni la catalogación de las especies protegidas en el ámbito de las cercanas salinas en la que, supuestamente, trabajaba). Para ella, él tenía escrita la palabra fracaso en todas las partes de su cuerpo, menos en una.¿Y a él? ¿Le gustaba realmente esa mujer narcisista e implacable? Sí. O eso creía. Quizá no. Con la gente tan insegura es difícil saber. Ella, sobre todo, le daba miedo y no sabría decir si ella le daba miedo porque le gustaba o le gustaba porque le daba miedo. Probablemente fuera lo segundo.Él, al igual que ella, se sentía presionado por lo único que compartían: la capacidad de obtener orgasmos simultáneos y cuotas de placer erótico muy superiores a las que habían tenido con cualesquiera de sus otras parejas. Era una enorme responsabilidad aquello. El problema es que no sabían qué hacer con ella y además les desconcertaba que esa compatibilidad no se manifestase en ningún otro aspecto de sus formas de ser.Los dos estaban pensando en cómo poner fin a la insatisfactoria cena, dejar de perder el tiempo y subir lo antes posible a la habitación para tener nuevos orgasmos simultáneos cuando el chillido de cristal de doce ventanales rompiéndose simultáneamente en miles de pedazos los empujó al suelo.Las luces se apagaron y, antes de que tuvieran tiempo de levantarse, las negras aguas del Mediterráneo nocturno ya cubrían sus cuerpos. Por fin él pudo precisar donde estaba la línea del horizonte: estaba sobre ellos dos, el horizonte les estaba pasando por encima. Los dos fueron arrastrados hacia la cocina por la fuerza incomprensible de la ola del tsunami, junto con el resto de comensales y enseres del salón-comedor. Lo último que pensaron los dos, mientras sufrían el impacto de toda clase de objetos precipitándose a gran velocidad contra ellos a través del medio líquido y mientras sus pulmones se encharcaban, fue que los dos habían perdido la última hora de sus dos vidas con otra persona con la que no tenían nada que ver y que, en realidad, no les satisfacía para nada.Los orgasmos simultáneos están sobrevalorados.
lunes, 14 de junio de 2010
El sueño
Estamos que lo tiramos: otro relato.
El sueño Sergio López, 2010
Levanté la mirada del libro y ahí estaba ella, sentada en el asiento de enfrente y leyendo el mismo libro que yo: La vida nueva, de Orhan Pamuk. Sonreí por la coincidencia e intenté no darle mayor importancia y seguir con la lectura, pero no pude. Volví a levantar la mirada y busqué la suya. Ella, al contrario que yo, mantenía su cabeza hundida en el libro y sus ojos se deslizaban disciplinadamente por los renglones. Parecían tan soñolientos y cansados como los míos, pero eran de un color distinto, de un color que casi me hacía daño.No podía pelear con esos ojos, así que decidí rendirme: agaché la cabeza y volví al libro. Pero los míos tenían tanto sueño que no eran capaces de dominar las palabras: dejaban que las letras saltaran caprichosamente de renglón en renglón delante de ellos. Decidí darles una tregua. Los cerré y dejé que el sueño, confinado hasta entonces en una pequeña parte del hipotálamo, se enseñoreara de nuevas regiones de mi cerebro. Tenía veinte minutos aún hasta llegar a mi destino.Eran las tres y media de la tarde y, como todos los días, viajaba en Metro desde el sitio donde trabajo por la mañana hasta el sitio donde trabajo por la tarde. Como todos los días, había comido un bocadillo a toda prisa mientras caminaba desde la oficina a una cercana boca de metro y me había introducido a toda prisa en las entrañas de la ciudad. Y, como todos los días, intentaba aprovechar el trayecto para leer un poco, pero, agotado, acababa cerrando los ojos y sesteando hasta la última parada.
En el momento que la voz grabada del metro indicaba que la siguiente estación era Avenida de América, entreabrí ligeramente los ojos, sólo medio segundo -como un parpadeo, pero alrevés-, y ahí seguía ella. También estaba echando una cabezada. Por alguna razón, aquello me excitó. Quizá pensé que, en el territorio sin tiempo ni espacio del sueño, nuestros ojos se estaban mirando a través del negro rojizo de los párpados, y que eso sería lo más cerca que estarían nunca nuestros cerebros y nuestros cuerpos de conocerse y de tocarse.Me quedé dormido imaginándome cómo sería tener sexo con ella.
***
Desperté sin tener ni idea de donde estaba. Era algún lugar fresco y oscuro. Tosí. Me dolían el cuello y la espalda, por una mala postura. Mis ojos, eso sí, estaban descansados.–Parece ser que nos hemos quedado dormidos y hemos llegado hasta las cocheras –me informó una voz femenina desde mi derecha, antes de que yo empezase a formular una hipótesis propia que explicase satisfactoriamente los extraños estímulos que me rodeaban.La luz estaba apagada y tardé un rato en acostumbrar mi visión a la penumbra. Al cabo de tres o cuatro segundos mis pupilas se abrieron lo suficiente y ahí estaba ella. De pie, frente a una de las puertas, intentando accionar el mecanismo de apertura de emergencia.–No funciona –dijo, mirándome de reojo y volviéndose hacia la puerta–. Parece que estamos encerrados –hablaba en un tono distante y firme que transmitía algo de seguridad, pero cada vez menos–. Y la alarma está desarmada. No suena –añadió, finalmente, al tiempo que pulsaba repetida y nerviosamente otra palanquita, al lado de la anterior.–Pero… ¿qué…? –no supe como continuar la pregunta.–¡Joder! ¡Vaya situación!–Sí. Eso es exactamente lo que iba a decir yo.–Tiene que haber una forma de salir. Si hubiera cobertura de teléfono podríamos llamar a emergencias –miró su teléfono móvil–. Pero no. No la hay. Vaya mierda, vaya mierda y vaya mierda. ¿Cómo es posible que no nos haya visto nadie; que nos hayan dejado aquí encerrados? –Hablaba muy deprisa. Supongo que a ella yo le daba tanto miedo como el resto de la situación y, por eso, intentaba mantener el espacio que había entre los dos obstruído por un muro de abundante y aséptica información.–¿Qué hora es? –Podía haberla mirado en el móvil, pero el caso es que me salió preguntar. Supongo que buscaba cierta bidireccionalidad en esa comunicación, cosa que ella no apreciaba demasiado en aquel momento.–Joder. Tenía que estar dando clase ahora –dijo, a modo de respuesta.–¿Das clases?–Sí... o no. ¿A ti que te importa?–Perdón. Es que yo… también. También doy clases. Soy profesor particular. Entre otras cosas.–Me estás tomando el pelo.–No. De verdad que no. A las cuatro tengo una. Y a las seis otra.–Pues muy bien –hizo una pausa bastante larga antes de continuar–. Te informo de que no llegas. Son las seis de la tarde ahora mismo.–¿Qué? –más que preguntar, exclamé.–Joder. Esto es una locura. ¿Cómo es posible que me haya pasado esto?–Las seis de la tarde –repetí. Estaba mirando el reloj del móvil: efectivamente, era esa hora– ¿Cuánto rato llevas tú despierta? ¿Por qué no me has despertado?–Joder. ¿Cómo ha podido pasar algo así?–Y encima, a los dos –añadí. Ella apretó los labios y se sumió en un silencio nervioso mientras volvía a repetir la operación de la palanca en la puerta del otro lado del vagón.–Y encima, a los dos –dijo al final, con voz ahogada.–Yo no voy a hacer nada, si eso es lo que te preocupa.–Ya.–Mira. Vamos a centrarnos en salir de aquí, ¿vale? –miré a un lado y al otro. Era uno de los convoyes modernos: una oruga de cinco o seis vagones unidos–. Yo empiezo por las puertas de la cabeza del tren y tú sigues por este lado hasta el final.–Ya he probado con todas las puertas. Llevo media hora despierta. No se abre ninguna. He terminado por aquí, por el principio, porque no quería que me oyeras y te despertases.–¿No querías despertarme…?–No. Bastante problema tenía ya con estar encerrada en un tren para encima estar encerrada en un tren con un hombre.–Lo entiendo –en serio: lo entendía.Me puse a comprobar por mi cuenta como, efectivamente, no se abría ninguna de las puertas de ninguno de los vagones. Eso me llevó unos diez minutos. Ella, mientras, se paseaba nerviosamente de un lado al otro. Al cabo de un rato hurgó en su bolso y sacó un paraguas con el que empezó a golpear uno de los ventanales de forma casi maniática.–Con eso no lo vas a romper.–No me digas –contestó, sosteniendo en su brazo derecho el amasijo de varillas y tela al que había quedado reducido su paraguas. Me miraba como si hubiese dicho una inconveniencia grandísima. Era menuda y delgada, pero estaba muy erguida, casi de puntillas, y había cierta fiereza animal en la tensión con la que aguardaba a que yo dijera –si me atrevía– algo más. Me sentía físicamente intimidado. Era aún mas guapa que la primera versión que vi de ella, esa chica que no pude evitar mirar de reojo en un vagón de metro. Su cara eran pómulos altos, ojos muy grandes y, después, lo demás. Tenía las mejillas sonrojadas y el flequillo le caía recto y negro sobre una mirada verde e intensa. Aparté la mirada de golpe. No me quería pelear con esos ojos.–Eres un hombre. Aplica tú la fuerza bruta –dijo.–Eso es machista.–Vete a la mierda–Supongo que ese paraguas era el objeto más contundente que teníamos.–Sí.Cogí impulso y me abalancé contra una de las puertas laterales. Ésta no cedió ni un milímetro, pero, pese a ello, repetí la operación otras tres veces. A la cuarta tenía todo el costado dolorido.–Quizá, si tú accionas la palanca de apertura de emergencia al tiempo que yo embisto la puerta, se abre –dije.–De acuerdo.Probamos así, pero lo único que conseguí fue lastimarme un hombro.Llegamos a la conclusión de que no se podía salir de ahí mientras el tren estuviera parado y desconectado del suministro eléctrico. Tendríamos que esperar a que volviese a ponerse en marcha. No parecía un problema tan grave: en algún momento, por fuerza, el vehículo tendría que volver a la circulación. Quizá antes viniesen unos operarios a limpiarlo o a efectuar alguna reparación.–¿Te había pasado antes alguna vez algo remotamente parecido a esto? –me preguntó.–No.
Supongo que, a partir de ahí, se rompió el hielo. Nos pusimos a hablar como dos desconocidos que se cuentan cosas para conocerse y no para llenar de ruido el aire que separa al uno del otro y marcar la frontera entre el espacio de cada cual. Ella era filóloga. Y, como yo, también estaba pluriempleada. Por las mañanas trabajaba en una biblioteca y por la tarde daba clases de recuperación de literatura, lengua, historia y –¡matemáticas!– a unos chavales de tercero y cuarto de la ESO.–¿Matemáticas?–Si, siempre se me han dado bien –respondió.–¿Por que no estudiaste una carrera de ciencias, entonces?–Me gusta la filología –respondió, sin entrar en más detalle. –Y, tú ¿de qué das clases?–Inglés y lengua.–¿Y qué eres?–Humano –respondí.–Ja ja ja. Humano del género idiota. Mi preguntar qué titulación tú tener. Qué haber tú estudiado, humano idiota.–Soy periodista.–Ja ja ja.–Ya ves. Las madres preocupadas dejan a sus hijos en manos de cualquiera. ¿Sabías que Mussolini era periodista?–Sí. Y también escribió una novela.–Eso no lo sabía.Hablar con ella de libros o películas podía llegar a intimidar: lo había visto todo y lo había leído todo. Me sentía casi ridículo. Al final, algo avergonzado, saqué la agenda y empecé a transcribir sus recomendaciones sobre cine y literatura.–Pues si te gustó Al final de la escapada, tienes que ver Bande apart.–¿Cómo?–Banda aparte.Después, conversamos sobre la ciudad que se extendía sobre nuestras cabezas y que nos tenía condenados a ambos a no descansar las horas suficientes y quedarnos dormidos en el metro. "Teníamos muchos sueños. Ahora sólo tenemos sueño", dijo ella, a modo de corolario.–Jeje… ¿sabes que ese chiste no tiene sentido en inglés?–Pues claro. Ni tampoco en catalán. Por cierto: una de mis gracias favoritas consiste en decir ‘como dijo Martin Luther King: tengo un sueñoooo…’ y bostezar.Me reí. Tenía un sentido del humor increíble. Era aguda y rápida y además tenía una prodigiosa capacidad para imitar perfectamente bien cualquier acento. Hacía ya un rato que yo no consideraba mala suerte el haberme quedado encerrado, incomunicado y con 40 euros menos por las dos clases de hora y media perdidas. Estaba más a gusto allí de lo que había estado en mucho tiempo en cualquier otro sitio.–Hora de cenar –dijo. ¿Ya es la hora de cenar?, pensé yo. Había perdido la noción del tiempo–. Creo que tengo una manzana en el bolso –añadió–. Podemos compartirla.–De acuerdo.Empezamos a morder la pieza de fruta por turnos. Al cabo de un momento sólo quedaba el corazón de la manzana y nuestras caras enfrentadas. Por primera vez me atreví a plantar cara a aquellos ojos que me hacían casi daño. A partir de ahí no hizo falta nada más. Yo me acerqué un poco a su rostro, ella acercó un poco más el suyo y yo todavía algo más el mío.Nos besamos.Al cabo de un momento estábamos tumbados en el suelo del vagón. Hubo un instante en el que creo que los dos pensamos en lo realmente extraño de la situación: lo que estábamos haciendo... y todas las extrañas e improbables coincidencias... Pero fue sólo medio segundo -como un parpadeo, pero al revés-. Fue mientras ella me agarraba de las muñecas y forcejeaba conmigo para ponerse encima de mí. Al cabo de un instante, desde su posición privilegiada, ella procedía a quitarme la camisa y a desabotonarme el pantalón.En esa posición, ya no tenía mucho sentido pensar en lo extraño de la situación. En esa posición, lo único que a mí me parecía mal era mi hombro dolorido, que me molestaba bastante, así que luché para volver a estar arriba. Le saqué la blusa por la cabeza, sin desabotonarla, me peleé con el cierre del sujetador, le quité los pantalones, le quité las bragas y me sumergí en su entrepierna.Follar en el suelo de un vagón de metro no entraba en mis sueños antes de esto. Si me lo hubieran dicho, habría dicho ‘¡joder, qué locura!’ y, efectivamente, era una locura. La penetré diciendo ‘¡joder, que locura!’ y empecé a jadear y escuché sus primeros jadeos diciendo‘¡joder, que locura!’.En seguida dejé de pensar en eso y me escuché decir en mi cabeza que no, que no era una locura, que todas aquellas extrañas casualidades, todas aquellas improbables afinidades tenían un sentido. Y después dejé de pensar y de decir nada en absoluto. Nos besamos largamente mientras nuestros cuerpos seguían entrelazados y moviéndose al mismo ritmo.No sé precisar cuanto tiempo estuvimos así. Creo que fue bastante, aunque ahora lo recuerde como un instante efímero. Nos agotamos el uno al otro y, abrazados, ella reposando su cabeza sobre mi pecho, nos quedamos dormidos sobre el suelo frío del vagón.
***
Desperté justo cuando la voz grabada se disponía a indicar el final de trayecto en Estadio Olímpico. Estaba rodeado de otros pasajeros y sentado en el mismo asiento del vagón donde me había quedado dormido. Miré la hora: eran las cuatro menos diez de la tarde. Llegaba puntual a la primera clase, con Aitor, pero tenía que correr un poco; como siempre. Después, levanté la mirada y miré hacia el frente: ella ya no estaba ahí.Cuando el tren acabó de detenerse en la estación de término me levanté como un resorte y me dirigí hacia la puerta para ganar la calle lo antes posible. Me dolía el hombro.
sábado, 29 de mayo de 2010
La versión de ti que vive en mi cabeza
La versión de ti que vive en mi cabeza
La versión de ti que vive en mi cabeza,
he de decirte,
es mucho mejor que tú.
Es más guapa, más lista, más sincera.
Pero yo, de todas maneras,
te prefiero a ti.
Entre tú
y la versión de ti que vive en mi cabeza
me quedaría mil veces contigo.
Si supiera en que parte de mi cerebro vive
la versión de ti que vive en mi cabeza
iría allí con un bisturí
y la desahuciaría.
Y es que
la versión de ti que vive en mi cabeza
no me deja ni un minuto en paz.
Se acuesta conmigo,
se levanta conmigo.
Es más guapa, más lista y más sincera
que tú,
pero tu versión de carne y hueso
folla mejor
viernes, 30 de abril de 2010
El mejor polvo de mi vida
Otro relato corto. Que quede claro que es todo ficción, eh. A disfrutarlo. (Revisado)
El mejor polvo de mi vidaSergio López, 2010
Villalar de los Comuneros, 22 de abril de 2010. El de aquella noche fue seguramente el mejor polvo que he echado en mi vida, desde los 18 que me estrené hasta los 24 que tengo ahora.
Habíamos llegado allí a eso de las ocho de la tarde. Éramos el grupo de los rezagados: las tiendas de campaña estaban montadas, la fiesta había empezado y el resto de nuestros amigos estaban ya medio borrachos, incluida Claudia, a quien el alcohol le proporcionaba cierto brillo acuoso tanto en sus ojos como en su voz, cosa que le hacía aún más irresistible.
Claudia y yo nos habíamos acostado anteriormente, pero sólo una vez, seis meses antes. Pese a que entonces sí me lo pudo parecer, aquel no fue el mejor polvo de mi vida. Fue la promesa de muchas otras cosas, o eso creía yo, pero, definitivamente, no fue el mejor polvo de mi vida.
El caso es que, desde entonces, ella se había convertido en una obsesión para mí. Deseaba con toda el alma que se repitiera aquello, pero ella no me daba ninguna señal de que pensara igual que yo y me trataba como siempre. Es decir, como antes. Es decir, como a un amigo entrañable. Es decir, como a uno de los que no follan.
Ni que decir tiene que eso hacía que la desease con todavía más ganas. Empecé yendo de frente, pero no funcionó. Creo que Claudia detectó automáticamente que yo buscaba en ella algo más o mucho más que un polvo y activó todas sus alarmas. Sí, ya sé que debería ser al revés, que los roles de chico y chica suelen ser justo los contrarios en este tipo de historias… pero que le vamos a hacer, tengo esta puta manía mía de complicarme la vida lo máximo posible con la gente más complicada con la que me voy topando.
En fin, el caso es que en aquel momento la única manera de que volviéramos a acostarnos, calculaba yo, pasaba por que se repitieran de manera pretendidamente casual los factores que condujeron a nuestra aventura de hacía medio año. Los tres días de convivencia, alcohol, drogas, poca higiene y peor alimentación que teníamos por delante en Villalar de los Comuneros parecían brindar una oportunidad de oro para lograrlo.
–¿Qué tal? ¿Cómo habéis venido? –me preguntó Lino, al tiempo que me pasaba una hermosa “ele”.
–Bien. En primera
–¿Cómo ‘en primera’? ¿Es que habéis venido en tren?
–No. En primera velocidad. A Julián se le ha roto una pieza del coche que yo no sabía ni que existía y hemos venido la mitad de camino a paso de tortuga.
Casi no nos oíamos, porque la tienda estaba demasiado cerca del escenario donde un esforzado grupo de cincuentones interpretaba unos espantosos cantos regionales. Mientras, le daba unas caladas al porro y el resto de mis sentidos se acostumbraban al polvo, al olor a panceta y a los vistosos colores de las diversas carpas de partidos de izquierda extraparlamentaria y sindicatos agrarios. Se celebraba el día de Castilla, que conmemora la derrota del bando comunero frente al emperador Carlos I y la campa de Villalar ofrecía una imagen a medio camino entre unas fiestas de pueblo y un macrofestival de rock.
La zona de acampada era una especie de hacinado campo de refugiados donde se apiñaban unas 20.000 personas en 8.000 tiendas Quechua, fáciles de montar, pero imposibles de plegar de la manera conveniente, a no ser que seas un montañero vasco con varios sietemiles a tus espaldas. Los datos de afluencia son estimaciones de la Guardia Civil, cuerpo que tuvo ocasión de contarnos uno por uno a todos los asistentes mientras nos registraban en busca de droga y armas.
No sé si hubo armas, pero el caso es que la droga, fuera como fuera, había conseguido burlar el cerco y parte de ella se hallaba ahora encima de un CD de Banda Bassotti y pegada a mi DNI. Lino sacó un billete de veinte euros y lo enrolló. Él se metió el primer tiro, después fue Claudia y luego yo. Estaba siendo una noche perfecta y lo mejor es que quedaba mucha. Mucha noche y mucha droga. Habíamos visto a una banda de pop en el escenario principal, a otra de ska en la carpa de CNT y habíamos plantado cara al derroche de actitud punki y pésimo sonido que unos tales Proyecto Kostradamus habían ofrecido en la carpa de Resaka Castellana. Habíamos hablado con un pueblerino borracho que aseguraba haberse comunicado con Buenaventura Durruti haciendo la ouija y con un gitano que quería vendernos polvo de talco. Para entonces yo ya me había ventilado mis dos buenos cachis de cerveza y había vertido otro (de manera intencionada) sobre la cabeza de mi amigo Pope mientras bailábamos pogo.
Salimos los tres de la tienda de campaña y, armados de la repentina y falsa lucidez que nos daba la sustancia que acabábamos de esnifar, continuamos una conversación a medias sobre los supuestos en los que está justificada la violencia, en relación con la acción política. Los argumentos de nuestros amigos que no consumían cocaína parecían bastante más débiles. Era como si nuestras mentes pudieran inflar a hostias a las suyas, aunque ellos seis sumasen el doble de cerebros que nosotros.
De repente, alguien me había pasado un porro –quizá para suavizar mis puntos de vista y mi vehemencia a la hora de exponerlos– y estábamos hablando en un aparte sólo Lino, Marta, una de las mejores amigas de Claudia, y yo. Y –¡horror!– estábamos hablando sobre sentimientos.
–Pues claro que se te nota. Un montón. Se te cae la baba –me estaba contestando Marta.
–Amigo, no hay que ser tan evidente, –aconsejaba Lino.
–Pero… ¿Tanto se nota?
–Que sí, pesado.
–Mira, Alberto, –Lino seguía con tono de sentar cátedra– yo lo que veo es que estás metiendo demasiado en una sola apuesta y no parece que estés obteniendo ningún resultado. Estás jugando fuerte, apostando alto, un montón de fichas, pero no tienes buenas cartas. O bueno, igual sí; igual tienes un póker, que no está mal, pero igual hay otra persona que tiene escalera real, así que tú lo tienes muy difícil.
Fui a hacer la pregunta obvia, pero me él interrumpió.
–Que a mí me parece perfecto que juegues fuerte y apuestes alto. Siempre y cuando juegues para divertirte. Pero no parece que este tonteo que te traes con Claudia te esté divirtiendo. Más bien te está destrozando la autoestima. ¿O no? Ella no va a cortar con la situación porque a todos nos gusta que nos suban el ego y, además, Claudia es un poco cabrona y le gusta especialmente que le bailen el agua. Mi briconsejo es que te intentes olvidar de ella.
–Pues yo no pienso así –saltó Marta.
–¿No?
–No. Yo creo que si Claudia te gusta de verdad, si de verdad lo tienes claro y estás enamorado de ella, debería darte igual todo eso.
–¿Tú crees?
–Sí. Claro que sí. Lo que tienes que hacer es ir con seguridad y sinceridad. Sobre todo con seguridad. Tienes que creer en ti. Alberto, eres un tío de puta madre. Eres un tío interesante, con un trabajo interesante, con inquietudes. Eres guapo. El problema es que no te lo crees. Tienes que creértelo. Pensar en que tienes mucho que ofrecer y que… ostias, que si acabáis juntos la que sale ganando es Claudia más que tú.
–Vale, si yo me lo creo…
–Eso por un lado. Por otro, tienes que ir sin miedo. En eso estoy algo de acuerdo con Lino: si quieres jugar tienes que asumir el riesgo a perder. Tienes miedo a que te haga daño y eso te está bloqueando.
–Yo no tengo miedo a que me hagan daño. A lo único que tengo miedo es a perder el tiempo y a las enfermedades venéreas.
Fui a por otro cachi de cerveza. Tenía que pensar. La camarera no me debió ver muy animado, porque decidió darme dos, por el mismo precio.
Por el mismo precio, tenía dos cervezas y dos consejos de dos amigos que se contradecían entre sí.
Lino estaba en lo cierto cuando decía que esto estaba afectando a mi seguridad y mi autoestima. Al principio, antes de que nos liáramos, parecía que Claudia y yo teníamos mucha química. Después habíamos seguido teniéndola, pero, poco a poco, esa misma química se había ido convirtiendo en veneno; en algo que me asfixiaba y me paralizaba las neuronas cuando ella estaba cerca y que sólo se contrarrestaba con otras sustancias químicas.
Lo que más me cabreaba de lo que sentía por Claudia, lo que me parecá más injusto, era la asimetría. Yo llevaba seis meses comiéndome la cabeza por ella cada día y a cada momento, mientras ella seguramente había días en los que ni se acordaba que yo existía. A veces me sentía como un jugador de un equipo filial que, por circunstancias, había jugado un partido con el primer equipo en primera división y después había vuelto a las categorías inferiores, sin pena ni gloria. Él soñaba con una continuidad en la división de oro, pero allí ya nadie se acordaba de él.
Pero entonces conseguí alejar de mí ese pensamiento. ¡Qué demonios! Marta tenía razón cuando decía que yo me merecía a Claudia. Claudia es guapa y listísima; pero también tiene muchos defectos. Más que yo. El problema era que sus defectos también me atraían. Creo que eso debe ser amor. Cuando también te gustan los defectos de alguien.
Así que me cargué de valor y empecé a andar decididamente hacia el sitio donde había visto charlando hacía un rato a Claudia con el resto de nuestros amigos, justo a la izquierda de la entrada de la carpa, donde se podía conversar y, a la vez, escuchar la música jamaicana que pinchaba un skinhead tocado con un sombrero negro. Casi no había hablado en toda la noche con ella. La otra vez, todo comenzó con una charla entre los dos que fue poco a poco haciéndose más íntima.
Llevaba preparados ya varios guiones mentales de conversaciones. La preguntaría por el tema del voluntariado. Sí. Yo también quería ser voluntario. Podía preguntarle por su trabajo como enfermera en el hospital… o mejor no, porque estábamos en Villalar para desconectar. Eso es: el tema sería ese: cosas que podemos hacer para desconectarnos de nuestra cotidiana mediocridad.
No la vi. No estaban ni ella ni Lino.
Dirigí la mirada a un punto cualquiera al azar, entre la multitud que bailaba bajo el voladizo de la carpa de al lado. Estaban justo allí, los dos. Abrazados. Besándose.
Me quedé bebiéndome la cerveza sin decir gran cosa. Luego alguien me ofreció MDMA y me pareció estupendo.
En un momento dado, a eso de las seis, me puse a andar yo solo hacia nuestras tiendas de campaña. No sabía donde estaban el resto de nuestros amigos ni me importaba lo más mínimo. Me daba todo igual. Cuando llegué pude escuchar perfectamente a Claudia gimiendo y a Lino jadeando, así que me di media vuelta y me puse a andar sin rumbo por entre la acampada.
Tropecé con los vientos de un par de tiendas, creo que medio derribé otra que estaba imprudentemente colocada tapando el paso y choqué con dos personas que me increparon de muy malas formas. Al final, me quedé apoyado en un tronco. Se intuía el alba, pero aún no había casi ninguna visibilidad.
Entonces escuché una voz.
–Hola.
Había una voz, pero no se veía a nadie. Me puse a mirar hacia todas partes.
–Hola -repitió la voz.
Seguía sin ver a nadie.
–Aquí abajo.
Había una pequeña tienda de campaña Quechua de color indiscernible. La voz salía de ahí.
–Agáchate –era una chica. Tenía una voz aguda, pero áspera y nasal. El timbre de voz de alguien que ha estado llorando un buen rato.
Me agaché.
–Eres guapo –me dijo.
–¿Cómo lo sabes, si estás dentro de la tienda de campaña?
–Hay un agujero.
En uno de los laterales de la tienda, justo al lado de donde estaba yo, la lona tenía un enganchón de unos diez centímetros. Ella podía verme por allí, pero yo a ella no.
–¿Cómo te llamas? –dije, por decir algo.
–Nada de nombres.
Inopinadamente, ella sacó su brazo por allí y me enganchó del paquete. Me acercó hasta que me quedé pegado a la lona de la tienda. El boquete estaba justo a la altura. Me desabrochó el pantalón, me sacó la polla y se puso a chupar.
No sé quien tomo el control de la situación en aquel momento, si fue la farlopa, el “eme”, mi subconsciente o todos juntos, pero el caso es que no hice el menor esfuerzo para evitar aquello. Era una sensación bastante extraña tener metido el pene dentro de un sitio y no saber que es lo que iban a hacer con él… pero me dejé llevar. Ella seguía chupando y yo pasé de preocuparme por la integridad de mi miembro a estar cachondo como no lo había estado nunca en toda mi vida.
En un momento dado, ella se retiró. Por un momento volví a sentir la sensación de inquietud –¿y si me pega un tajo?–. Regresó al cabo de un momento para ponerme un preservativo.
Muy bien. Estábamos doblemente protegidos. Lo que no tapaba el látex lo tapaba la lona. Ni enfermedades de transmisión sexual, ni enfermedades en el resto del cuerpo. Ni enfermedades en la cabeza. A través de la tela, podía sentir la forma de sus caderas, sus nalgas y poco más.
La penetré. Ella estaba agachada y yo, levemente vencido sobre la tienda, agarrándome al mismo pino donde también estaban enganchados parte de los cabos de la tienda. Era una posición un tanto incómoda, pero los dos empezamos a movernos de forma sorprendente sincronizada, teniendo en cuenta el pedo que llevaba yo y el que ella, seguramente, también llevaba.
No sé cuanto pudo durar aquello. Empezaba a clarear y yo empezaba a ser perfectamente visible para el resto de borrachos que andaban por entre las tiendas de campaña. La sensación de riesgo era fortísima. Tenía miedo al ridículo, miedo a ser visto haciendo algo tan jodidamente extraño como follarme a una mujer a través del costurón de una tienda de campaña. Pero en vez de bloquearme, aquello me excitaba cada vez más. Perdía la cabeza y me dejaba llevar… pero cuando estaba a punto de llegar pensaba en todos los que me podían estar viendo hacer aquello y me reiniciaba. Era dulcemente agónico.
Me dejé caer totalmente sobre la tienda y ella cayó de hijadas al suelo. Ahora, bajo mi peso, podía sentir buena parte de su cuerpo a través de la lona de la tienda abatida: su espalda, su cintura, su cuello. Era fibrosa, más o menos de mi misma estatura. Yo daba empellones cada vez más fuertes y ella gritaba cada vez más. Gritaba de verdad. Si alguien de los alrededores no se había dado cuenta hasta el momento de qué estaba sucediendo, debió percatarse entonces.
Y llegó. Me corrí, larga y deliciosamente.
Después reparé en las miradas desencajadas de varios borrachos cayendo sobre mí y me largué corriendo de allí, sintiéndome realmente extraño. Me metí en mi tienda de campaña y dormí como un bendito hasta las dos de la tarde, a pesar del calor.
Estuve el resto de días en Villalar de los Comuneros esquivando las miradas de aquellos que me reconocían como el tipo que se folló a una mujer a través del costurón de una tienda de campaña (algunos, después, abrirían varios hilos en foros de Internet, comentando la jugada) y buscándola a ella entre cada una de las chicas delgadas y de mi altura con las que me cruzaba. Podía ser cualquiera de ellas. Quizá incluso la vi. Quizá fue una de ellas en concreto, con pelo caoba, pecas y ojos grises, que me aguantó la mirada durante dos o tres segundos, sonrió y luego siguió andando con un cachi de kalimotxo en la mano en dirección decididamente contraria a la mía.
Pero nunca lo sabré.
El caso es que ese ha sido, hasta ahora, el mejor polvo de mi vida.
sábado, 5 de septiembre de 2009
No se folla
"Tuve muchas experiencias / y he llegado a la conclusión / que perdida la inocencia / en el Sur se vive mejor". - Raffaela Carrá.
Esto de que no se folla ya lo sabe todo el mundo, así que no vamos a insistir en el trazo grueso y vamos a intentar hilar más fino. Vamos a analizar en cinco sencillos supuestos como es intentar ligar en Bilbao. (Se refiere sólo a relaciones heterosexuales, que son las que, por los sitios que frecuento, he podido observar).
1) Bilbaíno intenta ligar con bilbaína. Él se acerca a ella, se pone delante, y dice Aúpa! (acompañado quizas de un pequeño puñetazo en el hombro). Ella se da la vuelta impertérrita y sigue hablando con su círculo impenetrable de amigas. GAME OVER
2) Bilbaíno intenta ligar con no bilbaína. Él, con sus pendientes de (H)aro, sus pantalones rojos y con parches -marca Quechúa- y su camiseta violeta, se acerca a ella, se pone delante, y dice Aúpa! (acompañado quizas de un pequeño puñetazo en el hombro). Ella sale corriendo. GAME OVER.
3) No bilbaíno intenta ligar con bilbaína. Educadamente, él se acerca a ella y le dice algo con voz atemperada en plan "está un poco floja hoy la música" o "vaya tajada que lleva este, fíjate". Ella a) se parte los ovarios de risa en la cara de él o b) mira para otro lado como si el pobre chaval no estuviera ahí y sigue hablando con su círculo impenetrable de amigas. GAME OVER.
4) Bilbaína intenta ligar con bilbaíno. Esto aún no lo he visto. Me ha dicho alguna amiga bilbaína que ella lo ha intentado y que lo que pasa, generalmente, es que a ellos les entra sudor frío y salen corriendo. Pero, en general, la actitud que observo es de pasividad total. Todas dan la sensación de que tienen a su Arkaitz en el caserío esperándolas con el rabo tieso para cuando vuelvan de divertirse con su kuadrilla de amigas.
5) Bilbaína intenta ligar con no bilbaíno. Si lo anterior no lo he visto, esto otro menos aún. Y es altamente improbable, a no ser que el no-bilbaíno sea Brad Pitt. Y aún así, Brad Pitt no se comería un colín en Bilbao porque no es vasco (el nivel de chauvinismo de este país es imposible de describir con palabras). Aunque no liguen con ellos, a las bilbaínas sólo le gustan los bilbaínos que están, es cierto, como promedio, bastante más cachas que el promedio del resto de ciudadanos españoles.
- Es cierto que los bilbaínos están bastante cachas. Hay mucha afición al deporte. Y es lógico. a) Ante la insólita exigencia de las mujeres de esta ciudad se ven forzados a una feroz competencia entre ellos por su aspecto físico. Lástima que luego lo jodan llevando ropa de Quechua hasta en las bodas. b) Si no follan, por algún lado tienen que soltar la energía los bilbaínos. De ahí toda esa afición a deportes muy físicos como el Rugby, las regatas, el frontón y, por supuesto, todos los herri kirolak (deportes rurales), consistentes en hacer el garrulo de la manera más original posible (cortando troncos a toda hostia, levantando pedrolos de 200 kilos, guiando bueyes)... Tú dile a alguien bien follao que si quiere remar en una trainera, correr nosecuantos kilómetros o cortar troncos... y verás donde te manda.
Bien. Sé que la descripción que estoy haciendo de la realidad es muy cruda y que quizá moleste a alguien. Pero no sirve de nada silenciar el problema. ¡El primer paso hacia la liberación sexual de Euskal Herria es un marco democrático que acabe con el apartheid de las feromonas. No os engañéis, si hay algo que amenaza la esencia nacional euskaldun, si hay un fenómeno que pone en peligro la propia existencia del Pueblo Vasco es éste. Sin inmigración, habría más defunciones que nacimientos en Euskadi. Ez duzue sinetsi? Ikasi Eustaten!
PD.: Por supuesto, estaría encantado de que alguien me demuestre que estoy en lo falso en relación con la sexualidad de l=s vasc=s.
PD 2.: Desde el parrafo dos no he cambiado de orientación sexual. Sigo siendo hetero.
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