viernes, 30 de abril de 2010

El mejor polvo de mi vida

Otro relato corto. Que quede claro que es todo ficción, eh. A disfrutarlo. (Revisado)

El mejor polvo de mi vida
 Sergio López, 2010
Villalar de los Comuneros, 22 de abril de 2010. El de aquella noche fue seguramente el mejor polvo que he echado en mi vida, desde los 18 que me estrené hasta los 24 que tengo ahora.

Habíamos llegado allí a eso de las ocho de la tarde. Éramos el grupo de los rezagados: las tiendas de campaña estaban montadas, la fiesta había empezado y el resto de nuestros amigos estaban ya medio borrachos, incluida Claudia, a quien el alcohol le proporcionaba cierto brillo acuoso tanto en sus ojos como en su voz, cosa que le hacía aún más irresistible.
       Claudia y yo nos habíamos acostado anteriormente, pero sólo una vez, seis meses antes. Pese a que entonces sí me lo pudo parecer, aquel no fue el mejor polvo de mi vida. Fue la promesa de muchas otras cosas, o eso creía yo, pero, definitivamente, no fue el mejor polvo de mi vida.
       El caso es que, desde entonces, ella se había convertido en una obsesión para mí. Deseaba con toda el alma que se repitiera aquello, pero ella no me daba ninguna señal de que pensara igual que yo y me trataba como siempre. Es decir, como antes. Es decir, como a un amigo entrañable. Es decir, como a uno de los que no follan.
       Ni que decir tiene que eso hacía que la desease con todavía más ganas. Empecé yendo de frente, pero no funcionó. Creo que Claudia detectó automáticamente que yo buscaba en ella algo más o mucho más que un polvo y activó todas sus alarmas. Sí, ya sé que debería ser al revés, que los roles de chico y chica suelen ser justo los contrarios en este tipo de historias… pero que le vamos a hacer, tengo esta puta manía mía de complicarme la vida lo máximo posible con la gente más complicada con la que me voy topando.
       En fin, el caso es que en aquel momento la única manera de que volviéramos a acostarnos, calculaba yo, pasaba por que se repitieran de manera pretendidamente casual los factores que condujeron a nuestra aventura de hacía medio año. Los tres días de convivencia, alcohol, drogas, poca higiene y peor alimentación que teníamos por delante en Villalar de los Comuneros parecían brindar una oportunidad de oro para lograrlo.
       –¿Qué tal? ¿Cómo habéis venido? –me preguntó Lino, al tiempo que me pasaba una hermosa “ele”.
       –Bien. En primera
       –¿Cómo ‘en primera’? ¿Es que habéis venido en tren?
       –No. En primera velocidad. A Julián se le ha roto una pieza del coche que yo no sabía ni que existía y hemos venido la mitad de camino a paso de tortuga.
       Casi no nos oíamos, porque la tienda estaba demasiado cerca del escenario donde un esforzado grupo de cincuentones interpretaba unos espantosos cantos regionales. Mientras, le daba unas caladas al porro y el resto de mis sentidos se acostumbraban al polvo, al olor a panceta y a los vistosos colores de las diversas carpas de partidos de izquierda extraparlamentaria y sindicatos agrarios. Se celebraba el día de Castilla, que conmemora la derrota del bando comunero frente al emperador Carlos I y la campa de Villalar ofrecía una imagen a medio camino entre unas fiestas de pueblo y un macrofestival de rock.
       La zona de acampada era una especie de hacinado campo de refugiados donde se apiñaban unas 20.000 personas en 8.000 tiendas Quechua, fáciles de montar, pero imposibles de plegar de la manera conveniente, a no ser que seas un montañero vasco con varios sietemiles a tus espaldas. Los datos de afluencia son estimaciones de la Guardia Civil, cuerpo que tuvo ocasión de contarnos uno por uno a todos los asistentes mientras nos registraban en busca de droga y armas.

No sé si hubo armas, pero el caso es que la droga, fuera como fuera, había conseguido burlar el cerco y parte de ella se hallaba ahora encima de un CD de Banda Bassotti y pegada a mi DNI. Lino sacó un billete de veinte euros y lo enrolló. Él se metió el primer tiro, después fue Claudia y luego yo. Estaba siendo una noche perfecta y lo mejor es que quedaba mucha. Mucha noche y mucha droga. Habíamos visto a una banda de pop en el escenario principal, a otra de ska en la carpa de CNT y habíamos plantado cara al derroche de actitud punki y pésimo sonido que unos tales Proyecto Kostradamus habían ofrecido en la carpa de Resaka Castellana. Habíamos hablado con un pueblerino borracho que aseguraba haberse comunicado con Buenaventura Durruti haciendo la ouija y con un gitano que quería vendernos polvo de talco. Para entonces yo ya me había ventilado mis dos buenos cachis de cerveza y había vertido otro (de manera intencionada) sobre la cabeza de mi amigo Pope mientras bailábamos pogo.
       Salimos los tres de la tienda de campaña y, armados de la repentina y falsa lucidez que nos daba la sustancia que acabábamos de esnifar, continuamos una conversación a medias sobre los supuestos en los que está justificada la violencia, en relación con la acción política. Los argumentos de nuestros amigos que no consumían cocaína parecían bastante más débiles. Era como si nuestras mentes pudieran inflar a hostias a las suyas, aunque ellos seis sumasen el doble de cerebros que nosotros.

De repente, alguien me había pasado un porro –quizá para suavizar mis puntos de vista y mi vehemencia a la hora de exponerlos– y estábamos hablando en un aparte sólo Lino, Marta, una de las mejores amigas de Claudia, y yo. Y –¡horror!– estábamos hablando sobre sentimientos.
       –Pues claro que se te nota. Un montón. Se te cae la baba –me estaba contestando Marta.
       –Amigo, no hay que ser tan evidente, –aconsejaba Lino.
       –Pero… ¿Tanto se nota?
       –Que sí, pesado.
       –Mira, Alberto, –Lino seguía con tono de sentar cátedra– yo lo que veo es que estás metiendo demasiado en una sola apuesta y no parece que estés obteniendo ningún resultado. Estás jugando fuerte, apostando alto, un montón de fichas, pero no tienes buenas cartas. O bueno, igual sí; igual tienes un póker, que no está mal, pero igual hay otra persona que tiene escalera real, así que tú lo tienes muy difícil.
       Fui a hacer la pregunta obvia, pero me él interrumpió.
       –Que a mí me parece perfecto que juegues fuerte y apuestes alto. Siempre y cuando juegues para divertirte. Pero no parece que este tonteo que te traes con Claudia te esté divirtiendo. Más bien te está destrozando la autoestima. ¿O no? Ella no va a cortar con la situación porque a todos nos gusta que nos suban el ego y, además, Claudia es un poco cabrona y le gusta especialmente que le bailen el agua. Mi briconsejo es que te intentes olvidar de ella.
       –Pues yo no pienso así –saltó Marta.
       –¿No?
       –No. Yo creo que si Claudia te gusta de verdad, si de verdad lo tienes claro y estás enamorado de ella, debería darte igual todo eso.
       –¿Tú crees?
       –Sí. Claro que sí. Lo que tienes que hacer es ir con seguridad y sinceridad. Sobre todo con seguridad. Tienes que creer en ti. Alberto, eres un tío de puta madre. Eres un tío interesante, con un trabajo interesante, con inquietudes. Eres guapo. El problema es que no te lo crees. Tienes que creértelo. Pensar en que tienes mucho que ofrecer y que… ostias, que si acabáis juntos la que sale ganando es Claudia más que tú.
       –Vale, si yo me lo creo…
       –Eso por un lado. Por otro, tienes que ir sin miedo. En eso estoy algo de acuerdo con Lino: si quieres jugar tienes que asumir el riesgo a perder. Tienes miedo a que te haga daño y eso te está bloqueando.
       –Yo no tengo miedo a que me hagan daño. A lo único que tengo miedo es a perder el tiempo y a las enfermedades venéreas.

Fui a por otro cachi de cerveza. Tenía que pensar. La camarera no me debió ver muy animado, porque decidió darme dos, por el mismo precio.
       Por el mismo precio, tenía dos cervezas y dos consejos de dos amigos que se contradecían entre sí.
       Lino estaba en lo cierto cuando decía que esto estaba afectando a mi seguridad y mi autoestima. Al principio, antes de que nos liáramos, parecía que Claudia y yo teníamos mucha química. Después habíamos seguido teniéndola, pero, poco a poco, esa misma química se había ido convirtiendo en veneno; en algo que me asfixiaba y me paralizaba las neuronas cuando ella estaba cerca y que sólo se contrarrestaba con otras sustancias químicas.
       Lo que más me cabreaba de lo que sentía por Claudia, lo que me parecá más injusto, era la asimetría. Yo llevaba seis meses comiéndome la cabeza por ella cada día y a cada momento, mientras ella seguramente había días en los que ni se acordaba que yo existía. A veces me sentía como un jugador de un equipo filial que, por circunstancias, había jugado un partido con el primer equipo en primera división y después había vuelto a las categorías inferiores, sin pena ni gloria. Él soñaba con una continuidad en la división de oro, pero allí ya nadie se acordaba de él.
       Pero entonces conseguí alejar de mí ese pensamiento. ¡Qué demonios! Marta tenía razón cuando decía que yo me merecía a Claudia. Claudia es guapa y listísima; pero también tiene muchos defectos. Más que yo. El problema era que sus defectos también me atraían. Creo que eso debe ser amor. Cuando también te gustan los defectos de alguien.

Así que me cargué de valor y empecé a andar decididamente hacia el sitio donde había visto charlando hacía un rato a Claudia con el resto de nuestros amigos, justo a la izquierda de la entrada de la carpa, donde se podía conversar y, a la vez, escuchar la música jamaicana que pinchaba un skinhead tocado con un sombrero negro. Casi no había hablado en toda la noche con ella. La otra vez, todo comenzó con una charla entre los dos que fue poco a poco haciéndose más íntima.
       Llevaba preparados ya varios guiones mentales de conversaciones. La preguntaría por el tema del voluntariado. Sí. Yo también quería ser voluntario. Podía preguntarle por su trabajo como enfermera en el hospital… o mejor no, porque estábamos en Villalar para desconectar. Eso es: el tema sería ese: cosas que podemos hacer para desconectarnos de nuestra cotidiana mediocridad.
       No la vi. No estaban ni ella ni Lino.
       Dirigí la mirada a un punto cualquiera al azar, entre la multitud que bailaba bajo el voladizo de la carpa de al lado. Estaban justo allí, los dos. Abrazados. Besándose.
       Me quedé bebiéndome la cerveza sin decir gran cosa. Luego alguien me ofreció MDMA y me pareció estupendo.

En un momento dado, a eso de las seis, me puse a andar yo solo hacia nuestras tiendas de campaña. No sabía donde estaban el resto de nuestros amigos ni me importaba lo más mínimo. Me daba todo igual. Cuando llegué pude escuchar perfectamente a Claudia gimiendo y a Lino jadeando, así que me di media vuelta y me puse a andar sin rumbo por entre la acampada.
       Tropecé con los vientos de un par de tiendas, creo que medio derribé otra que estaba imprudentemente colocada tapando el paso y choqué con dos personas que me increparon de muy malas formas. Al final, me quedé apoyado en un tronco. Se intuía el alba, pero aún no había casi ninguna visibilidad.
       Entonces escuché una voz.
       –Hola.
       Había una voz, pero no se veía a nadie. Me puse a mirar hacia todas partes.
       –Hola -repitió la voz.
       Seguía sin ver a nadie.
       –Aquí abajo.
       Había una pequeña tienda de campaña Quechua de color indiscernible. La voz salía de ahí.
       –Agáchate –era una chica. Tenía una voz aguda, pero áspera y nasal. El timbre de voz de alguien que ha estado llorando un buen rato.
       Me agaché.
       –Eres guapo –me dijo.
       –¿Cómo lo sabes, si estás dentro de la tienda de campaña?
       –Hay un agujero.
       En uno de los laterales de la tienda, justo al lado de donde estaba yo, la lona tenía un enganchón de unos diez centímetros. Ella podía verme por allí, pero yo a ella no.
       –¿Cómo te llamas? –dije, por decir algo.
       –Nada de nombres.
       Inopinadamente, ella sacó su brazo por allí y me enganchó del paquete. Me acercó hasta que me quedé pegado a la lona de la tienda. El boquete estaba justo a la altura. Me desabrochó el pantalón, me sacó la polla y se puso a chupar.

No sé quien tomo el control de la situación en aquel momento, si fue la farlopa, el “eme”, mi subconsciente o todos juntos, pero el caso es que no hice el menor esfuerzo para evitar aquello. Era una sensación bastante extraña tener metido el pene dentro de un sitio y no saber que es lo que iban a hacer con él… pero me dejé llevar. Ella seguía chupando y yo pasé de preocuparme por la integridad de mi miembro a estar cachondo como no lo había estado nunca en toda mi vida.
       En un momento dado, ella se retiró. Por un momento volví a sentir la sensación de inquietud –¿y si me pega un tajo?–. Regresó al cabo de un momento para ponerme un preservativo.
       Muy bien. Estábamos doblemente protegidos. Lo que no tapaba el látex lo tapaba la lona. Ni enfermedades de transmisión sexual, ni enfermedades en el resto del cuerpo. Ni enfermedades en la cabeza. A través de la tela, podía sentir la forma de sus caderas, sus nalgas y poco más.
       La penetré. Ella estaba agachada y yo, levemente vencido sobre la tienda, agarrándome al mismo pino donde también estaban enganchados parte de los cabos de la tienda. Era una posición un tanto incómoda, pero los dos empezamos a movernos de forma sorprendente sincronizada, teniendo en cuenta el pedo que llevaba yo y el que ella, seguramente, también llevaba.
       No sé cuanto pudo durar aquello. Empezaba a clarear y yo empezaba a ser perfectamente visible para el resto de borrachos que andaban por entre las tiendas de campaña. La sensación de riesgo era fortísima. Tenía miedo al ridículo, miedo a ser visto haciendo algo tan jodidamente extraño como follarme a una mujer a través del costurón de una tienda de campaña. Pero en vez de bloquearme, aquello me excitaba cada vez más. Perdía la cabeza y me dejaba llevar… pero cuando estaba a punto de llegar pensaba en todos los que me podían estar viendo hacer aquello y me reiniciaba. Era dulcemente agónico.
       Me dejé caer totalmente sobre la tienda y ella cayó de hijadas al suelo. Ahora, bajo mi peso, podía sentir buena parte de su cuerpo a través de la lona de la tienda abatida: su espalda, su cintura, su cuello. Era fibrosa, más o menos de mi misma estatura. Yo daba empellones cada vez más fuertes y ella gritaba cada vez más. Gritaba de verdad. Si alguien de los alrededores no se había dado cuenta hasta el momento de qué estaba sucediendo, debió percatarse entonces.

Y llegó. Me corrí, larga y deliciosamente.

Después reparé en las miradas desencajadas de varios borrachos cayendo sobre mí y me largué corriendo de allí, sintiéndome realmente extraño. Me metí en mi tienda de campaña y dormí como un bendito hasta las dos de la tarde, a pesar del calor.
       Estuve el resto de días en Villalar de los Comuneros esquivando las miradas de aquellos que me reconocían como el tipo que se folló a una mujer a través del costurón de una tienda de campaña (algunos, después, abrirían varios hilos en foros de Internet, comentando la jugada) y buscándola a ella entre cada una de las chicas delgadas y de mi altura con las que me cruzaba. Podía ser cualquiera de ellas. Quizá incluso la vi. Quizá fue una de ellas en concreto, con pelo caoba, pecas y ojos grises, que me aguantó la mirada durante dos o tres segundos, sonrió y luego siguió andando con un cachi de kalimotxo en la mano en dirección decididamente contraria a la mía.

Pero nunca lo sabré.

El caso es que ese ha sido, hasta ahora, el mejor polvo de mi vida.

domingo, 18 de abril de 2010

La droga

Un relato corto...

LA DROGA
Sergio López.- 2010

Cuando era pequeño vi una campaña publicitaria en la que un actor acababa diciendo que la droga se había llevado a sus mejores amigos. Recuerdo que me parecía un anuncio melodramáticamente exagerado, pero ahora puedo asegurar que estas cosas pasan. A mí me sucedió hace cuatro noches en la Sala Peldaño. De alguna forma, se puede decir que la droga se llevó a mis cinco mejores amigos. Pero no fue de la forma que ustedes seguramente imaginan y, además, el hecho de que pasara aquello es, sin duda, positivo para el conjunto de la humanidad.

Nada hacía suponer que algo así podía suceder en el momento que sucedió y de la manera en que sucedió. Como todavía ningún pijo estaba vertiendo ningún cubata encima de ningún skinhead y nadie se había acercado todavía demasiado a la novia de ningún rapero, la noche transcurría de lo más tranquila. Hacía dos horas que había terminado la actuación de varios grupos punks, entre ellos mis amigos de Homicidio a Domicilio y en aquel momento el dj nos deleitaba a todos con una sesión de tecno taladrante.
No había muchas opciones más para seguir la fiesta, toda vez que el resto de los garitos de la ciudad cierra a las tres. El grueso de los asistentes al concierto permanecíamos, por tanto, en aquella sala, que se encontraba llena hasta la bandera de una concurrencia inusualmente variopinta. Bailaban juntos punks, skins, mods, raperos, pijos, bakalas y adictos a la cultura de club –que son algo así como la evolución cultural y genética de los bakalas–. Si bien no todos compartíamos afición por el género musical que atronaba el recinto, al menos sí estábamos unidos por el común apego a ciertas sustancias que los dos o tres dealers que pululaban por la sala despachaban a toda velocidad entre la parroquia.
–¿Qué es lo que van a pinchar? –recuerdo que me preguntó mi amigo Moreto, cuando los conciertos terminaron. A Moreto le gusta el rock sinfónico y el heavy metal clásico y no estaba muy seguro de si quedarse en aquel lugar. Yo le convencí para que lo hiciera.
–Creo que suena como una especie de mezcla entre música y obra –respondí.
–¿Cómo ‘obra’? ¿Obra de teatro? ¿Ópera?
–No, no. De obra en tu casa.
–Oíd, vamos a pillar pitxu –interrumpió Johnson, guitarrista de los Homicidio–. ¿Queréis vosotros?
–De puta madre. Sí –dijo Moreto.
–Yo paso –contesté–. Cada vez que me meto speed, el espacio-tiempo se comprime. Salgo del baño y después alguien abre una puerta y ya es mediodía. Y entre medias no ha pasado nada.
–Como quieras.
Johnson, con su cresta y su cazadora de cuero ajada, se fue en busca del camello y nosotros nos acodamos en la barra, apurando unos tragos de algo que la camarera nos había servido sin mucho entusiasmo cuando le pedimos sendos Ballantines con Cocacola y que sabía de forma completamente diferente al Ballantines con Cocacola.
–Oye, mirad este speed –nos dijo al cabo de un rato Johnson, mostrándonos a escondidas la bolsita–. Es como raro.
–Tiene un color raro –contesté–. Parece como fluorescente. Pero podría ser cosa de la luz negra.
–¿La qué?
–Los tubos fluorescentes pintados de color morado que tienen puestos en el techo –le explicó Moreto–. No te rayes, es por eso.
–Estupendo, porque, con lo que nos ha cobrado el hijo de puta, me lo pensaba meter igual. Treinta pavos por esta mierda de bolsa. Pitxu a precio de farlopa. ¡Hay que joderse!
Teniendo en cuenta el tipo de poderes que proporcionaba aquel polvo, fuera lo que fuera, se podría considerar muy poco dinero.


Una hora después, aquellos de mis amigos que habían decidido comprar speed –y que resultaron ser todos menos yo– fueron a visitar los servicios de la discoteca. Pese a que yo no había pagado por la droga, Johnson y Emma insistieron una vez más en que les acompañase. Yo rechacé.
–¿Seguro que no quieres? Tienes cara de sueño…
–Tengo tanto sueño como un lemur hiperactivo –contesté, abriendo mucho los ojos y poniéndome a bailar de forma cómica, agachado y moviendo mucho los brazos.
Los cinco se fueron para los servicios y me quedé bailando al ritmo de la música-obra. Un solo de rotaflex se elevaba por encima de la base, que se asemejaba al golpeteo de un martillo manejado por un operario con un sentido del ritmo particularmente bueno. Yo me desplazaba rítmicamente intentando aproximarme poco a poco a una chica que bailaba delante de mí y cuyo movimiento de caderas perfectamente acompasado con el tempo de los martillazos resultaba ser de lo más agradable y sugerente.
En ese momento hubo una luz cegadora (y segadora). En principio pensé que se trataba de algún efecto especial y que era parte del espectáculo. Deseché esa idea cuando vi delante de mí los miembros amputados y sanguinolentos de varios bakalas. También había troncos, cabezas y todo tipo de vísceras. Creo que la mayor parte de las extremidades que cubrían la pista de baile pertenecían a bakalas porque en las superiores había abundancia de anillos de oro y las inferiores estaban cubiertas de un tejido chamuscado de colores brillantes que parecía tergal.
La música seguía sonando y justo en medio del maremágnum de vísceras y sangre que se extendía varios metros frente a mí estaba mi amigo Ricard con su inconfundible casaca, mirándome con cara de asombro y con los ojos tan abiertos como un lemur hiperactivo.
–Tío –llegó hasta mí sorteando cabezas y piernas de los desafortunados canis que acababan de perecer desmembrados por el rayo lumínico–, estaba mirando a la gente que estaba aquí hace un momento… pensando en el asco que me dan… o me daban… y, de repente, he visto una luz delante… y… y…
No pudo seguir. Sonó una fuerte explosión y todos nos echamos al suelo con las manos tapándonos las orejas.
Tardamos como medio minuto en levantarnos. La onda expansiva de la detonación había arrastrado por igual a personas, cosas y bakalas a ambos lados de un área que aparecía despejada por completo de gente y que recordaba al paso que abrió Moisés separando las aguas del Mar Rojo. En un extremo de ese pasillo había un amasijo formado por partes entremezcladas del dj y de su mesa de mezclas, pegadas en la pared de la sala, y en el otro estaba mi amiga Emma, con una cara que bien podía ser de sorpresa o de terror, según gustos.
–Yo sólo he gritado ‘¡Subidóóón!’ al mismo tiempo que el pincha decía ‘¡Arrrrriba!’ –se disculpó mi amiga, después de acercarse adonde estábamos Ricard y yo y antes de reparar en los cuerpos mutilados que se extendían frente a nosotros.
Entonces llegaron Johnson y Moreto, volando. Literalmente.
–¿Qué ha pasado aquí? –preguntó el segundo, antes de percatarse de que ninguno de los cuatro pies que sumaban entre él y Johnson tocaba el suelo.
La última del grupo en aparecer fue Helena. Llegó sin ser vista. No quiero decir que no la viésemos aproximarse porque estábamos todos demasiado ocupados tratando de buscar una explicación a la masacre, las explosiones de luz y de sonido y al hecho de que dos de mis amigos estuviesen volando. Digo que Helena llegó sin ser vista porque se volvió visible un buen rato después de haber llegado. Cuando todos empezamos a oír su voz sin poder verla nos asustamos bastante y gritamos; entonces ella fue consciente de su invisibilidad, pero todavía tardó unos cinco minutos en averiguar como aparecerse ante nuestros ojos.

Cada vez que mis amigos se metían alguna droga y yo no me unía a ellos, poniendo cualquier excusa divertida, pensaba que quizá me estaba perdiendo algo realmente bueno. Inmediatamente después recapacitaba sobre las contrapartidas, los efectos secundarios. Supongo que ser un superhéroe también tiene sus contrapartidas: tener que andar todo el día salvando al mundo de los villanos…
Después de la masacre de la Discoteca Peldaño –que el Gobierno y sus fuerzas represoras han atribuido a la acción de los separatistas vascos, para desviar la atención–, mis amigos, devastados por el sentimiento de culpa, han decidido consagrar sus vidas y sus poderes a proteger a la humanidad y a librarla de nuevas matanzas. Ahora se hacen llamar la Liga de los Cinco y se han construido una guarida en alguna zona polar deshabitada que no me han contado.
Me alegro por ellos, pero me jode que todo esto nos haya separado. También me jode que no hayan venido a rescatarme aún, aunque entiendo que estén molestos conmigo por haber desvelado su secreto ante las autoridades. ¿Cómo iba a saber yo que el Gobierno estaba en connivencia con las fuerzas del Mal? Después de los acontecimientos de la Sala Peldaño, cometí la imprudencia de contarle a un oficial de policía como había sucedido todo. Desde entonces me retienen en una institución psiquiátrica. Este texto es la única esperanza de que se conozca la verdadera historia.

¡El Mod Fotónico, la Skingirl Sónica, el Punky Volador, el Capitán Metal y la Pin–up Invisible velan por el mundo, en lucha titánica contra las fuerzas de la alianza corporativista entre el capitalismo destructor y sus gobiernos-títere! ¡Si tiene algún problema con las fuerzas represoras, en las calles, o con las pirañas empresariales, en su puesto de trabajo, no dude en llamarlos!

jueves, 8 de abril de 2010

La importancia de tener amigos

Tener amigos es importante. Por ejemplo, Matas es amigo del consejero delegado del Banco de Valencia y ha conseguido los 3 millones de € de fianza para no ir al trullo. Camps es amigo no, lo siguiente, de uno de los jueces del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana y ese mismo Tribunal decidió archivar la rama del caso Gürtel que le salpicaba.

No quiero decir que exista relación causal en ninguno de estos dos ejemplos, eh. Simplemente digo que tener amigos es importante... para que te vaya mejor en la vida. No hay relación causal. Hay relación buenrollil.

Tener amigos te rodea de energía positiva, te convierte en alguien atractivo de cara a los demás, y entonces las cosas te empiezan a funcionar. Álvaro Pérez, el Bigotes y Francisco Correa, Don Vito, eran especialistas en hacerse amigos de los políticos (y de sus esposas). Éso les dotaba de una aureola de buen rollo que hacía que les fuese bien en la vida: los políticos adjudicaban a sus empresas concursos públicos troceados y los constructores trabajaban para ellos no por dinero, sino por buen rollo.

Claro que siempre hay gente envidiosa de aquellos que conocen el secreto de cómo conseguir que te vaya bien en la vida y he aquí que tenemos a Correa y a Bigotes en la trena y a Matas a un paso (y tres millones de euros) de ella.

Visto lo importantísimo que es tener amigos para que todo vaya bien, la pregunta que se haran, queridos míos, es "¿qué hay que hacer para tener amigos?".

Es una pregunta difícil de responder. Jaume Canivell, el personaje que interpreta José Sazatornil en La Escopeta Nacional de Berlanga, da varias claves (aunque luego tenga mala suerte el muchacho), pero yo les diré más bien lo que NO hay que hacer para tener amigos.

Lo que no hay que hacer es lo que ha hecho Garzón.

Garzón ha andado por ahí tocando las pelotas a gente importantísima y queriendo remover los huesos de aquellos a los que asesinaron los padres y mentores de esas personas importantísimas y, en fin, ¿qué es lo que ha conseguido Garzón? Básicamente, que el mismo órgano que instruye la Gürtel (con bastante calma) y donde Garzón no tiene amigos, sino más bien lo contrario (véase juez Varela), el Tribunal Supremo, le quiera juzgar e inhabilitar.

En este país es bastante fácil conseguir triunfar si se hace de la manera que se ha hecho toda la vida y si se entiende triunfar por lo que se ha considerado siempre en España triunfar; ¿por qué hay gente que se empeña siempre en seguir el camino complicado?

En fin, amiguitos del alma, ¿qué nos enseñan todos estos ejemplos: Garzón, Camps, Matas..? Muy sencillo. La moraleja tiene la letra de una cantinela de nuestra infancia: Sólos no pueden, con amigos sí.

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En próximas entregas: "Cinco maneras de adular a un político durante un canapeo" y "Conozca los clubes de pádel donde juegan los cargos de confianza del PP de Madrid".